En este ensayo, lúcido y a ratos mordaz, Raquel Ferrández explora las modalidades del deseo y sus pulsiones de vida y muerte en un mundo que se presenta como una extensión de la web, donde es posible vincularse infinitamente.
La creación de la web es una historia de libertad, un espacio digital en el que todo puede estar vinculado a todo. Porque la omnivinculación es, ante todo, un ideal, un deseo de libertad. Treinta años después, se ha llegado a un límite los muertos se niegan a descansar y se transfieren a soportes digitales; los vivos se niegan a morir y están obsesionados con perfeccionarse y permanecer. Morir es algo primitivo, lo civilizado es seguir vinculándose sin parar, a otros cuerpos, otras entidades, otros planos.
En este ensayo, lúcido y mordaz, Raquel Ferrández explora las modalidades del deseo y sus pulsiones de vida y muerte en un mundo que se presenta como una extensión de la web, donde es posible vincularse infinitamente, de forma inmediata y simultánea, y donde el transhumanismo, el capitalismo de la vigilancia, la inteligencia artificial o la tecnosabiduría intentan eliminar el impacto de lo que significa estar solos.
Raquel, lo reconozco, soy una hipócrita que se cree que no lo es tanto. Gracias por problematizar una realidad asumida.
Muchas veces he pensado que nadie aceptaría renunciar a su derecho a la «libertad» instalándose voluntariamente, por ejemplo, un chip en el cerebro. Que daría igual la recompensa. Que el precio sería demasiado alto. Pues sorpresa: ningún gobierno o empresa nos hará esa oferta porque ya llevamos el chip con nosotros. Todo el día, a todas partes. De hecho, «no sabemos vivir sin él». Obviamente, nuestro chip voluntario es el puto smartphone.
Si se te ocurre decir que tiendes a ser un antisistema y que te pasarás o ya te has pasado a los dumbphones, dará igual que lo hagas. Ya vivimos en un mundo que nos exige —así, sin un cordial «por favor», tan solo el imperativo— el uso de Internet. Podría nombrar varios ejemplos básicos, pero tanto tú que me lees como yo que escribo estamos siendo parte, en estos momentos, de una cesión de datos voluntaria. En este punto es donde se plantea el mito de la libre elección y que muy bien sintetiza la autora en estas líneas: «Quien controla el menú controla las elecciones (...) Nosotros solo escogemos entre aquello que otros han seleccionado previamente por nosotros». [Aplausos].
Creo que imaginamos mal el futuro. Nos estamos acostumbrando a una tecnología «al servicio de los humanos» que, además de imaginada, no es honesta. En realidad, somos humanos al servicio de otros humanos. Y a estos «otros» los estamos ayudando capitalistamente —me encanta este término— a que se sigan expandiendo (a ser los amos de nuestra libertad). Este es el gobierno del mundo: una empresa deshumanizada.
Y sobre nuestros vínculos, la autora rescata las siguientes palabras de Paul Virilio: «El hecho de estar más cerca del que está lejos que del que se encuentra al lado de uno es un fenómeno de disolución política». Sincera y crudamente lo digo: parecemos gilipollas. ¿En qué momento ha empezado el mundo (nuestra vida) a ir tan rápido que «no tenemos tiempo» para casi nada? Por favor... es tan ridículo. El acceso a «todo todo el rato» está acabando con nuestra individualidad e inteligencia. Por eso no puedo estar más de acuerdo con esta sentencia de Raquel: «El tiempo ahorrado solo es un tiempo aplazado y, en el peor de los casos, un tiempo que se pierde dos veces». No nos estamos volviendo más inteligentes, solo más dependientes.
Plantéate ya qué lugar quieres tener en el mundo. Lee este libro.
Cosas que ya sabia pero gusta leerlas de alguien que te las desarrolla bien. La tecnología es malvada por diseño, espero que el internet reviente en el futuro
Este no es un libro para quienes buscan certezas amables. Es, más bien, una sacudida para quienes todavía creemos, o queremos creer, que la vida tiene un borde claro, un final que ordena todo lo demás. Pero aquí esa idea se tambalea. La tecnología ya no se conforma con acompañarnos, ahora pretende prolongarnos. Ya no basta con decir “hasta que la muerte nos separe”, porque la muerte empieza a perder su carácter definitivo.
La propuesta inquieta, legados digitales, réplicas de conciencia, hologramas que sobreviven a los cuerpos. Pensar en una tumba donde alguien, o algo, con tu voz, tus gestos, tu sentido del humor, siga “presente”… No es ciencia ficción lejana, es una posibilidad en construcción. Y ahí aparece el vértigo, no solo necesitamos decidir cómo vivir, sino también cómo queremos ser después de morir. Como si el consentimiento ya no fuera solo para el cuerpo, sino también para la memoria.
Ferrández no escribe desde el miedo fácil, sino desde la reflexión. Nos recuerda que la humanidad siempre ha buscado esquivar la muerte: el cielo, la reencarnación, las promesas de continuidad. Siempre hemos querido creer que la historia no termina, que hay puntos suspensivos donde en realidad hay un punto final. Pero ahora la ilusión cambia de lenguaje, ya no es religiosa, es tecnológica.
Y entonces surge una pregunta más íntima: ¿qué pasa con el duelo en un mundo donde nadie se va del todo? ¿Cómo se despide uno de alguien que sigue “apareciendo”? Tal vez esta obsesión por prolongar la existencia no sea más que otra forma de no aceptar nuestra condición más básica: somos finitos.
El libro también roza territorios más espirituales, desde el yoga hasta ciertas concepciones del yo, que pueden resultar ajenos, incluso exigentes. Pero ahí también hay una búsqueda, entender qué somos más allá del cuerpo, qué es lo que, en realidad, querríamos preservar.
El transhumanismo aparece como horizonte y como amenaza. Extender la vida más allá de sus límites biológicos puede parecer un logro, pero también un delirio, el intento de habitar un Olimpo que no nos pertenece.
Al final, lo que queda no es una respuesta, sino una inquietud. Porque tal vez lo verdaderamente radical en medio de tanto intento de eternidad sea aceptar esto: que hay vida antes de la muerte. Y que, quizás, eso sea suficiente.
Que atroz libro. La autora esta mas interesada en hablar de peliculas y series que en explicar or argumentar filosóficamente, y su intento de integrar el pensamiento hindú y yogui en el debate sobre el transhumanismo no funciona PARA NADA, se siente torpe y añadido como un parche (ademas que debería estar en la contratapa que el libro tiene que ver con filosofía Hindu para elegir como lector mejor, no es que me parezca un mal tema, pero no es algo que me interesaba leer en este momento). Un libro que parece mas interesado en las opinions sin justificación de la autora, y en sus experiencias personales y anécdotas. Terrible. De verdad quería una oportunidad a la filosofía hispanohablante, pero parece ser que no fue posible esta vez
muy interesante! el ensayo habla de cuastiones super actualizadas e interesantes como son los efectos de las tecnologías digitales en nuestra concepción de la muerte y el deseo. me pierde un poco cuando empieza a hablar de conceptos esotéircos y filosofía yógui pero también creo que esto le da una perspectiva muy diferente a como se aproxima al tema así que muy contento.
Raquel Ferrández recorre un viaje sobre la omnivinculación a la que estamos sometidos a lo largo de tres temas: la muerte o tánatos, el amor o eros, y la soledad. Toda una oda a la reflexión de cada una de las partes de nuestra vida que está vinculada a otros, a aparatos externos, internet, etc. Lo único que el tema lo enlaza mucho con los yoguis y estas partes me sacaban bastante del ensayo.