¿Quién es realmente el monstruo: aquel que nace diferente y es condenado al rechazo, o quien, teniendo la capacidad de amar, decide abandonar su responsabilidad para con otro?
Detrás de esa criatura que forma parte del imaginario colectivo, Mary Shelley construye una historia sobre la ambición, la soledad, el rechazo y las consecuencias de nuestros actos. Frankenstein me ha parecido una novela extraordinaria que, más allá de su atmósfera gótica, plantea preguntas sobre la naturaleza humana que siguen siendo actuales.
Una de las cosas que más me han gustado es su estructura narrativa. La historia comienza con las cartas que Robert Walton escribe a su hermana durante una expedición al Polo Norte, donde conoce a Victor Frankenstein, un hombre que parece huir de algo que lo persigue sin descanso. A través de su relato, conocemos la historia de Victor y nos adentramos poco a poco en un misterio que cambia nuestra percepción de los acontecimientos. Este juego de narradores le da a la novela un carácter íntimo, casi legendario, y permite descubrir la historia desde perspectivas diferentes. Además funciona como herramienta para presentar la moraleja sobre la ambición de Victor y lo que debe aprender Walton (que representa al lector) de su ejemplo.
Las cartas de Walton introducen también uno de los grandes temas de la obra: la ambición y la necesidad de encontrar un propósito. Pero contienen una reflexión preciosa sobre la soledad. Walton reconoce que, si triunfa, no tendrá un amigo con quien compartir su alegría y, si fracasa, tampoco tendrá a nadie que lo consuele. ¿De qué sirve alcanzar nuestras metas si no tenemos con quién compartirlas? Su historia plantea desde el principio hasta qué punto merece la pena perseguir nuestros sueños cuando hacerlo puede alejarnos de las personas que dan sentido a nuestra vida.
La construcción de Victor me ha gustado mucho. Shelley nos muestra cómo nace su interés por el conocimiento, a través de motivación propia y de una ambición familiar sana, y cómo su curiosidad científica termina convirtiéndose en una obsesión que lo consume. La novela no condena el deseo de aprender ni la ambición intelectual en sí mismos, sino la transformación de esas aspiraciones en una meta que termina ocupándolo todo. Victor descuida sus relaciones, pierde la capacidad de disfrutar de las pequeñas cosas y acaba deteriorando su salud. Su tragedia no reside únicamente en lo que consigue, sino en que nunca se plantea suficientemente qué implica su descubrimiento ni qué responsabilidades adquiere al dar vida a otro ser.
Me parece muy inteligente que Shelley no se detenga a explicar detalladamente los procedimientos científicos que dan origen a la criatura. Lo importante no es conocer los pormenores del experimento, sino comprender las motivaciones del protagonista y las consecuencias de sus decisiones. La novela plantea una pregunta que sigue siendo tremendamente actual: no se trata únicamente de hasta dónde podemos llegar, sino de si estamos preparados para asumir la responsabilidad de lo que hacemos y los sacrificios que debemos hacer para conseguirlo.
Pero si hay algo que me ha conquistado por completo es la criatura. Cuando conocemos su perspectiva, nuestra percepción cambia radicalmente. Shelley nos muestra su descubrimiento del mundo, su fascinación por la naturaleza y su aprendizaje a través de la observación. Poco a poco, empieza a comprender las relaciones humanas y a descubrir emociones, costumbres y formas de afecto que despiertan en él un profundo anhelo de pertenencia. Lo que busca, en el fondo, es comprender quién es y encontrar un lugar en el que no tenga que vivir aislado.
Me ha gustado especialmente el papel que desempeña la literatura en ese proceso. Los libros le permiten conocer otras vidas, comprender las relaciones humanas y encontrar palabras para interpretar sus propios sentimientos. Sin embargo, cuanto más aprende, más consciente se vuelve de todo aquello de lo que está excluido. El conocimiento le abre las puertas a un mundo fascinante, pero también hace que su soledad resulte cada vez más dolorosa.
Por eso me fascina la pregunta que plantea Shelley sobre si el monstruo nace o se hace. La novela nos obliga a cuestionar hasta qué punto la sociedad contribuye a transformar a quienes rechaza y qué responsabilidad tenemos en el sufrimiento ajeno. La criatura descubre que su apariencia condiciona la forma en que los demás la perciben y que, antes incluso de poder demostrar quién es, ya despierta miedo y rechazo. El deseo de encontrar afecto convive con una frustración cada vez más profunda, hasta que sus sentimientos se transforman. Esto no justifica sus actos, pero permite comprender su sufrimiento y sentir compasión por ella. Ahí reside la complejidad de la novela: conseguir que alguien capaz de cometer atrocidades siga despertando nuestra empatía.
También me ha gustado cómo explora la relación entre creador y criatura, convirtiéndolos progresivamente en reflejos el uno del otro. Ambos están unidos por la soledad, el sufrimiento y una obsesión que termina condicionando sus vidas. Mientras Victor queda atrapado en la culpa y las consecuencias de sus decisiones, la criatura lucha contra el rechazo y el deseo de venganza. Sus historias muestran cómo el dolor puede alimentar un círculo destructivo cuando somos incapaces de asumir nuestras responsabilidades o encontrar otra forma de afrontarlo.
Otro aspecto que he disfrutado es el uso de la naturaleza. El océano, los glaciares, las montañas y las tormentas no son simples escenarios, sino elementos que acompañan el estado emocional de los personajes y transmiten su aislamiento frente a fuerzas que no pueden controlar. Esta ambientación refuerza el carácter gótico y romántico de la novela y conecta las distintas historias, subrayando los peligros de perseguir una ambición que termina ocupándolo todo.
En cuanto a la escritura, la pluma de Mary Shelley me ha parecido una auténtica maravilla. Es regia, elaborada, erudita y profundamente melodramática, en el mejor sentido de la palabra. La autora transmite con enorme intensidad la culpa, la angustia y la desesperación de sus personajes. Me han gustado especialmente sus reflexiones sobre la amistad y el afecto. La presencia de quienes nos quieren puede ayudarnos a recuperar el entusiasmo por la vida cuando nos perdemos en nuestras propias obsesiones. Frente a la ambición que aísla, Shelley reivindica la importancia de contar con alguien que nos comprenda, nos acompañe y también sea capaz de corregirnos.
Eso sí, esta misma prosa tiene su parte menos amable. Shelley dedica muchísimo espacio a describir paisajes y trayectos. Aunque algunas descripciones contribuyen a la atmósfera y reflejan las emociones de los personajes, otras se alargan demasiado y ralentizan la narración. Es su principal defecto: una escritura capaz de transmitir emociones extraordinarias, pero que a veces insiste más de lo necesario.
A pesar de ello, la intensidad emocional termina imponiéndose. La historia me ha hecho sufrir y reflexionar mucho más de lo que esperaba, y me ha gustado especialmente cómo consigue que una narración aparentemente fantástica termine abordando cuestiones profundamente humanas. Su tratamiento de la ambición, la soledad y la necesidad de sentirse querido demuestra que el terror no necesita depender únicamente de lo sobrenatural para resultar inquietante.
Es una novela gótica que me ha hecho cuestionarme quién es realmente el monstruo, cuánto daño pueden provocar nuestros prejuicios y qué responsabilidad tenemos hacia aquello que depende de nosotros. Pese a unas descripciones que a veces se hacen pesadas, me quedo con sus personajes, su profundidad y su capacidad para despertar compasión por quienes parecen más difíciles de comprender. He terminado con el corazón encogido, he llorado en varias escenas, he sentido el miedo con la figura del monstruo acechante, me he angustiado pensando en la soledad que conlleva la ambición desmedida y con la sensación de haber leído una historia que sigue creciendo dentro de mi después de cerrar el libro.