Me resulta difícil evaluar este libro. Llegó a mí por casualidad: me lo crucé en una tienda de segunda mano y decidí quedármelo porque tenía ganas de leer a Rosalía de Castro (es lo primero que leo de ella) y porque leí la primera página y resonó conmigo. No obstante, las primeras páginas prometen una historia que finalmente no tiene lugar.
Las primeras páginas nos presentan a un joven que acaba de quedar huérfano y, libre de las ataduras que lo ligan al hogar de su infancia, decide lanzarse al mundo, con hambre voraz de conocerlo todo. Las primeras cincuenta páginas son prácticamente insoportables para el lector contemporáneo: son alabanzas poetizadas e hiperbolizadas de la naturaleza en un estilo ya arcaico. La trama no avanza apenas, y se derrochan palabras en descripciones que insisten en lo mismo y que resultan soporíferas y repetitivas. Es tan pesado que me planteé varias veces abandonar la lectura, pero de tanto en cuando brillaba alguna reflexión tan certérea y tan bien escrita que me empujaba a perseverar en la lectura. Y, finalmente, he llegado hasta el final de la historia.
Como iba diciendo, la premisa de la historia se incumple: Flavio (el protagonista) se lanza al mundo con apetito de aventuras, pero termina por abandonar ese proyecto en favor de la pasión por una mujer que conoce en un baile al que asiste prácticamente la primera noche lejos de su hogar. El sentir de Flavio es de un romanticismo tan exacerbado que resulta ridículo. Por momentos me recordaba a Werther, pero mucho más pesado e insoportable, voluble y estridente en sus afectos, sin la gravedad existencial de Werther, que dignificaba sus sufrimientos. En comparación, Flavio es un crío esclavo de sus impulsos que con su imprudencia, vehemencia y capricho amenaza su propia felicidad y la de su "amada" (entrecomillo lo de "amada" porque con el trato que le da me parece más perjudicial ser objeto de su amor que de su odio).
A pesar de la toxicidad y machismo de la pasión relatada, que se mueve en unas coordenadas entre ridículas e intolerables para el lector actual, y que está escrita, además, en un estilo arcaico y florido con el que no conecto, salvo un poco la historia por el planteamiento y enfoque de Rosalía, que me parecen originales. La tragedia del relato no es el amor no correspondido: he ahí la ironía. Los dos protagonistas se aman desde el principio, pero los separan las debilidades de su propio carácter: el orgullo de ella y la vehemencia irreflexiva e inseguridad de él. La una ama con prudencia, incapaz de apostar todo a un amor e hipotecar así su futuro (¿y quién puede reprochárselo? Ella era una mujer sensata desengañada de los hombres, cínica en cuanto a ellos y al amor que ofrecen, que temía más que nada arruinar su reputación por una pasión fugaz y pasajera y, en consecuencia, ser objeto de la censura del mundo y de sus burlas); el otro ama con una locura e intensidad insanas que responsabilizan al objeto de su amor de toda su felicidad y hasta de su vida, y que es incapaz de darle el tiempo y espacio que ella le pide. No deja de ejercer la influencia que tiene sobre ella para reducir su libertad, hasta el punto de que su objetivo final es aislarla del mundo junto a él en un palacio propiedad suya en mitad de la nada. Una perspectiva nada deseable a la que ella se resiste (absolutamente normal).
Es, pues, la historia de una pasión turbulenta y malsana que solo trae tragedia y dolor a quienes la experimentan, con la diferencia de que el hombre tiene plena libertad para reconducir su vida y la mujer tiene que soportar la vergüenza de su fracaso de por vida. La historia habría ganado más con menos páginas (esas cincuenta primeras páginas son un martirio injustificado desde el punto de vista de la trama) y con que el foco de la historia se hubiera estrechado sobre la relación de maltrato entre Flavio y Mara. El grueso de la historia se ocupa en las idas y venidas de los amantes, que están inmovilizados por las mismas consideraciones y dudas que terminan por resultar cansinas y repetitivas. Puesto que la historia se centra en los obstáculos que les impiden estar juntos y en armonía con su amor mutuo, uno se engaña pensando que la conclusión de la historia será la feliz unión de ambos, una vez que superen sus recelos y miedos. Pero, cuando claudican por fin a la pasión que los une, lejos de asomarnos al horizonte de su felicidad, asistimos a la confirmación de su desgracia y hasta degradación moral. Es este giro inesperado por lo que salvo el libro, y donde creo reside su mayor virtud. Es una pena que, en comparación con el desarrollo del libro, esta denuncia social del amor posesivo y enfermo de celos, ante el cual las damas de buena cuna estaban indefensas y por el que se veían deshonradas, ocupe tan poco espacio: el desenlace apenas, y escrito con cierta precipitación si se tiene en cuenta la expansión con que Rosalía describe acontecimientos y luchas psicológicas mucho menos interesantes.