No es una novela o quizás sí, depende, a lo mejor, puede, ¿por qué no? Es un libro sobre las últimas horas de cuatro poetas: Cesare Pavese, Alejandra Pizarnik, Anne Sexton y Gabriel Ferrater. De los tres primeros había oído hablar, de Pavese incluso había leído sobre sus últimas horas en las obras de Natalia Ginzburg pero de Ferrater no sabía nada. Además de poetas comparten desesperación, soledad, miedo, depresión y angustia. Tres de ellos además comparte alcoholismo. Capítulo a capítulo recorremos sus últimas horas, los últimos encuentros, las decisiones, las personas que quizás vieron, las últimas palabras que dijeron, lo último que, a lo mejor, pensaron.
De todos los libros que he leído de Tallón con este me ha pasado una cosa curiosísima y es que al principio, al comenzar a leer el primer capítulo sobre Pavese le oía en mi cabeza, con su voz fina y su acento gallego. Fue algo bastante perturbador que se fue acallando poco a poco. Es, además, un libro en el que no aparece él, (o parece no aparecer porque nunca se sabe), cuenta la vida de otros a los que no conoció pero que existieron y aunque no caben sus propias historias si da cabida a algo que hace siempre muy bien. Tallón siembra siempre sus textos de pequeñas historias que pertenecen a otros dando siempre la impresión de que la vida es una tela de araña que no se acaba nunca y solo nosotros decidimos hasta donde queremos llegar explorándola.
Como siempre con Juan he doblado muchísimas esquinas. Me quedo con esta de Cesare Pavese y sus mañanas porque me identifico mucho:
«A Cesare le gusta el silencio de las mañanas, incluso los sonidos que rodean el silencio, como el de las canciones o el café al inundar la taza, o el de la taza al posarse en la mesa, o el de la cuerda al correr el tendedero, o el de la garganta al abrir paso al café o el de la pinza de la ropa al caer a la calle».
Y esto en un capítulo de Pizarnik que define bien la desesperación, el rendirse.
«Ella no precisa más años: Avanza hacia el fin. Tiene vistas ya a la ruina. Ese estado mezcla de ausencia y desesperación total la empuja a tomar la tiza y escribir su último verso sobre la pizarra: No quiero ir nada más que hasta el fondo».