En sus pequeñas películas, Marguerite Duras suele plantear las escenas y las imágenes con un tono fantasmal. Se llena de invernales playas vacías, recibidores desocupados, escenarios dónde sólo aparecen los actores principales y quizás algún secundario, todos inmóviles, como en cuadros vivientes. Esto lo hace porque esas narraciones trabajan entorno al recuerdo, generalmente melancólicos, seres que arrastran un daño emocional que les hace encallarse en el pasado, que les ha dejado heridas que no han cicatrizado.
En esta novela, con un lenguaje sencillo y despojado, plagado de sus reiteraciones, conocidas desde Hiroshima, mon amour, recrea eso mismo, sólo que con palabras. Apenas esboza las playas, los café junto al mar, la habitación con sus sábanas blancas, vacías porque son como escenarios teatrales en los que un hombre y una mujer se encuentran para pasar noches blancas, es decir, sin contacto carnal, ambos comparten sus propios desamores y bajo un acuerdo económico, para hacerlo más degradante, pasan la noche en vela, durmiendo, llorando, compartiendo imágenes de su recuerdo y más adelante otro tipo de comentarios y acciones.
Ese dolor sin duda es materia prima de la obra de Marguerite Duras, un dolor que no se puede expresar con generosas bellas metáforas ni recargadas y barrocas frases repletas de lirismo. La suya es una poética de la pobreza, la de una mente en bancarrota por el sufrimiento afincado en almas muy perdidas. Decididamente desentonaría una prosa muy florida, o en todo caso la convertiría en una novelista rosa, pero mediante ese lenguaje económico y muy meditado, en cambio, dónde cuenta más lo alusivo que lo expresivo, logra un efecto muy envolvente, incluso cercano (por extraño que esto suene). Es un tono lacónico que termina impregnándose en la lectura.
Después de no pocas películas y novelas de Duras, encuentro aquí mi libro favorito de su autora. Una prosa vaporosa, escurridiza y extraña, pero que también tiene una cualidad atmósfera e hipnótica. Sin duda es mejor dedicarle amplios espacios de lectura para meterte de lleno en esa habitación de hotel, desde dónde se despliega su lacónico universo.