Viudas jóvenes no es un drama, es un duelo a tres bandas con ironía, culpa y deseo. Dos mujeres, un muerto en común y muchas preguntas que nadie se anima a hacer. ¿Cómo se vive cuando el muerto que compartías con tu novia no es una metáfora?
Juan, pareja (o chongo o compañero o habitante intermitente) de la narradora, muere. Ella y Mora, su otra pareja, comienzan una convivencia que oscila entre la herida compartida y el experimento afectivo. Todo en Viudas jóvenes está narrado desde esa cuerda floja. La que va de la melancolía a la risa nerviosa, del deseo al remordimiento, de la rutina al abismo.
Grosso no escribe sobre el amor romántico; escribe sobre lo que queda cuando el romanticismo implosiona. Los vínculos poliamorosos no están tratados como exotismo ni como programa ideológico, sino como parte de una cotidianeidad desprolija, sincopada y profundamente ambigua. La protagonista y Mora no se “enamoran” de forma convencional, se arrullan por necesidad, se rozan en la cama con la culpa pegada a la piel, se acompañan sin hacerse demasiadas preguntas porque temen tanto a las respuestas como al silencio.
La novela opera como una radiografía de lo que podríamos llamar el “duelo relacional post-2000”: ese que ya no cabe en las cinco etapas de Kübler-Ross, pero tampoco encuentra consuelo en un TikTok de autoayuda. ¿Qué se hace con los acuerdos abiertos cuando uno de los puntos del triángulo muere? ¿Se hereda también el cuerpo de la otra viuda? ¿Qué es peor: el muerto o los vivos que lo habitaron?
Para quienes crecimos en los noventa, en esa bisagra entre la monogamia novelesca y el desconcierto sentimental posmoderno, Viudas jóvenes es un espejo. Hay algo generacional en el contar obsesivo que hace la narradora (días desde la muerte de Juan, número de veces que follaron, cantidad de sesiones con la psicóloga). No se trata de control, sino de aferrarse a una narrativa cuando todo lo demás se volvió ilegible. ¿No hacemos eso también con nuestras playlists, nuestros chats archivados, nuestras stories destacadas?
Y sin embargo, la novela no pontifica. Grosso no viene a darnos lecciones sobre cómo doler bien ni a prometer redención. La escritura está plagada de ironía seca, de esa que parece decir: “Mirá, esto es lo que hay”. La autora entiende que el humor no es un alivio sino una estrategia de supervivencia. Porque, seamos honestos, el duelo en el siglo XXI también es actualizar WhatsApp buscando la última conexión. También es mirar si Juan subió historias antes de morir. También es preguntarse si el gato de Mora es una metáfora o simplemente se perdió porque nadie lo volvió a buscar.
Grosso escribe con una inteligencia emocional que no necesita de más florituras. Su lenguaje es simple, pero no simplón; elegante. Hay momentos de una ternura brutal, como cuando la protagonista descubre que lo mejor de dormir con Mora no es el sexo, sino el dormir en sí. Y hay escenas memorables, como la visita fallida de una amiga, las preguntas fantasmas en sueños o la discusión sobre si Juan tenía derecho a dejar dos viudas; que desarman cualquier idea de estructura narrativa tradicional.
¿Y el final? Ay, amiga mía. ¿Hay una forma legítima de llorar a alguien que no era del todo tuyo? ¿Puede el amor surgir como síntoma compartido de una ausencia? ¿Estamos juntos cuando compartimos cama o cuando compartimos culpa?
Viudas jóvenes no consuela, ni ilustra, ni salva. Lo que hace, y esto no es poco, es hacerte reír en el lugar exacto donde deberías estar llorando. Y eso, en tiempos de hiperexplicación emocional y romanticismo autoindulgente, se agradece.
Tamara Grosso retrata el vértigo de una generación sin paternalismo ni victimismo. A veces cruel, pero siempre lúcida, nos entrega una novela que no busca consagrarse como gran literatura del duelo, sino como algo más incómodo y necesario: literatura para cuando ya no sabes qué mierda estás sintiendo.
Y tú, ente poliamoroso, si mañana murieras, ¿quién se convertiría en tu viuda o viudo?