Ante la (en general) buena opinión de mis amigos de GR me he decidido a embarcarme en la segunda entrega de la inspectora Elena Blanco (sólo necesitaba un pequeño empujón). La pregunta que me hago ahora es: “¿Me ha gustado más que el primero?”. Sí, porque lo he encontrado más ágil. “¿Tanto como para concederle las cuatro estrellas?” Definitivamente no, ni de coña, además. Por muchos motivos, pero el principal sería que, a día de hoy, sigo sin creerme nada de lo que me cuentan aquí. Pero absolutamente nada.
No me creo a la propia inspectora, esa friki de los karaokes y de la grappa que, en mi opinión, no está preparada para dirigir tan importante departamento. No me creo la historia de su hijo Lucas. Me puedo creer su secuestro, pero para nada su evolución, a no ser que me den más datos, por no hablar de su desenlace. La escena final (no spoilers) con su madre está sacada literalmente del sobaco de la autora. Y no es que no sea creíble, es que casi provoca la hilaridad. No me creo al resto de compañeros de la brigada, que no pueden dormir porque han visto una escena violenta en un vídeo. No me creo que Elena encuentre un disco duro en un registro. Y que, en un impulso, decida escamoteárselo a sus compañeros, de resultas de lo cual averiguará en qué se ha convertido su hijo. No me creo que Kortabarría muera en el momento justo. No me creo el papel de Marina con Lucas. No me creo a Aurora. No me creo a Roncero, el abogado. No me creo a Orduño cuando recae en su ludopatía. En definitiva, ni me creo a los personajes, ni me creo la trama. Y mira que tenía ganas de creer, pero no puedo. La escapada del chalet de donde surge otra víctima de una fosa séptica es para echarse a llorar. Y el final de Lucas también, pero no de pena.
Carmen Mola (quien quiera que sea el autor o autora de este producto de marketing) no ha sabido colármelo como es debido. Pero le reconoceré que sabe enganchar al lector. De momento sólo eso, que no es poco, pero tampoco mucho. Espero que el jefazo le dé vacaciones a Elena. Que la mande al Caribe. O que le dé un cursillo intensivo de cómo tiene que llevar al departamento policial más elitista de la nación, y, de paso, que intente dejar el karaoke, que no le sienta muy bien.
Y aún así, le daré otra oportunidad con la tercera entrega ¿os dije que engancha? A ver si me humaniza un poco a esos personajes de cartón-piedra que me tiene por protagonistas. Y a ver si me termino tragando algún cliché de los que se empeña en meterme a diestra y siniestra. Pero mucho tendrá que mejorar, o será la última que me cuele.