La historia tiene lugar en el Japón de la Segunda Guerra Mundial. Pero esta no es una novela sobre la guerra, sino sobre el vacío existencial que deja tras de sí. El protagonista se presenta desencantado y apático desde el primer momento. Es crítico y cínico con todo lo que le rodea: sus vecinos, su trabajo, la sociedad. Desprecia su empleo —aunque reconoce que lo necesita para subsistir— tanto como desprecia a sus compañeros y vecinas, a quienes describe con ironía y crueldad.
En este mundo absurdo y sin sentido, aparece la idiota. No sabemos su nombre, solo el apodo hiriente que él le pone. Una mujer que pasa de ser una presencia molesta a convertirse en su impulso vital, una esperanza todavía frágil, pero suficiente, para seguir latiendo.
Esa es, para mí, la parte más poderosa de la historia: esa transformación en el protagonista, que ya había renunciado a todo, y que ahora encuentra una razón —pequeña, pero real— para seguir viviendo.
Breve, pero muy potente. Sakaguchi no deja indiferente con esta obra.