Sin trabajar tanto como periodista, Tito Matamala de todos modos ha conseguido conocer o ser cuasi partícipe de las locas historias del periodismo que aquí presentamos: un fantasmagórico periódico de provincia hundido desde el momento de su creación, un estudiante fantasma que por años engañó a las universidades con acentos extranjeros falsos, un patético espectáculo circense que se metía en la sala de redacción de un diario cada mañana...
Hijo de un empleado de IANSA, vivió en diferentes ciudades antes de ingresar de asentarse en Concepción: nació en Puerto Montt, residió en Llanquihue hasta los cinco años, en La Unión hasta los diez y en Curicó —ciudad donde se quedaron definitivamente su madre y sus hermanas— hasta los 17.
En la adolescencia, en 1976, su padre se fue de casa: «Yo tenía 13 años. Un día se me acercó en el patio y me dijo que se iba. "Me voy", dijo, y me dio la mano», recordaría en una entrevista del 2000. Nunca más lo vio, hasta siete años después, cuando, estudiante, vivía en el Hogar Univeritario, lo llamaron por teléfono: una amigo de su padre, desde Brasil, le comunicó que había muerto de un derrame cerebral. «Lo de mi papá fue un viaje al infinito, y también una ausencia eterna. Me marcó para toda la vida. Porque yo siempre en un sentido fui fiel reflejo de mi padre: igual de independiente, no pescando a nadie, haciendo mis cosas».
En 1982, gracias a una beca, ingresó en la Universidad de Concepción a estudiar ingeniería, carrera que no terminó: después de terminar el tercer año se salió a estudiar ingeniería comprendió que no le gustaba esa profesión¬- y comenzó a hacer fotografía.En 1990 entró a Periodismo (se tituló cinco años más tarde; más tarde, en 2004, sacaría una maestría en Literatura Hispánica).
Editor literario y columnista del diario El Sur, ha colaborado también con otros medios como Crónica, Hora 12 o La Tercera, y asimismo con el canal universitario TVU. Ha sido profesor de Redacción Creativa y Grandes Obras de la Literatura en la Universidad del Desarrollo y enseña periodismo en su alma máter.
Ha escrito novelas, cuentos y ensayos; ha hecho también de antologador, por ejemplo, en el libro Porotos granados (2008), en el que reunió relatos breves de 33 chilenos. Como dibujante ha ilustrado algunos libros propios y realizado caricaturas, por ejemplo, de autos, de los que es fanático (colecciona modelos de coches, y también de aviones).