Un bultito sonrosado, con una llorosa cara churchilliana.
Los ingleses toman tristemente sus placeres.
El pasado ha muerto y todo lo que había de bueno lo enterraron con él. Y aquí está la recia y horrible puerta del presente con el ojo tentador de su cerradura. Le puedes aplicar el ojo o el oído, pero no puedes hacer que éstos se conviertan en la llave. El pasado continúa en el interior, la fiesta perpetua se hace más y más desaforada, pero no puedes entrar.
¿Por qué afecta el matrimonio de esa forma a la gente? ¿Es tan valiosa la libertad que las personas tiemblan ante la idea de perderla? Nunca lo hubiera creído.—Debería saberlo todo acerca de su precio, si no de su valor,—dijo Sir Benjamin, con mala intención—. Ustedes, los políticos, la consideran como una mercancía vendible.
Yo no confío en ningún político. Todos son sucios. Y los que creen en un futuro bonito, limpio y saludable, con cuartos de baño para todos e intimidad para nadie, son con mucho los más sucios.
hambrientos, como arenas movedizas
—Toda restricción es inmoral,
La anarquía es más adecuada para una vida tan corta como la nuestra.
Deberíamos buscar el color, no la forma, y aprender a preferir el dolor de muelas a la sonrisa muerta de las dentaduras perfectas.
Ne plus ultra».
El romanticismo está muy bien a su manera, pero cuando los nuevos e inexpertos amantes se han hartado uno de otro, una hipoteca pagada significa más que los apasionados tópicos que sólo son la fina capa de azúcar glaseado sobre el pesado pastel biológico.
Me gusta reír a carcajadas, y llorar a moco tendido. Es la vida, podríamos decir. Yo he llevado ya cinco maridos a la tumba, y quiera Dios que no sean los últimos. Casi siempre es el violín viejo el que toca mejor, según dice el refrán.
Lizzie Adkins iba siempre detrás de él, pero estaba flaca como un rastrillo. Él solía decir que si se hubiera casado con ella, habría sido como acostarse con una bicicleta.
a mí me gustan los hombres celosos; un ojo a la funerala o una oreja hinchada duelen menos que un corazón frío.
—Las palabras son cosas curiosas—murmuró Julia Webb—. Para el escritor son tal vez la única realidad. El significado importa poco. Repites una palabra para convencerte de que tiene un significado. Y la repites una y otra vez hasta que ese significado no quiera decir nada. La palabra queda reducida a una serie de fenómenos glóticos. ¿Estás segura de que sabes lo que quieres decir con la palabra «feliz»?
Sabes que es la muerte, pero sabes también que la muerte puede hacerse muy agradable y que el dolor puede convertirse, con el tiempo, no sólo en tolerable, sino incluso deseable.
Los héroes han muerto para ellos, adoran a estrellas de TV. El pensar profundo y el buen beber ceden su sitio al bar y al café.
—Véalos,—dijo—, mirando con ojos desorbitados en esa caja hecha para que los ojos salten de sus cuencas. Allí, esos simulacros resecos y chupados por vampiros, perdón, he dicho esos simulacros, esas fibras cocidas a fuego lento de la nueva mitología exangüe, hacen guiños y posturas, pasean y mugen. Y allí están ellos, mascando bombones baratos.
El país naufraga en un mar de risas de muchachas en los autobuses de altas horas de la noche.
—Oh,—dijo el vicario—, el pecado es mi hobby. No la comisión del pecado, naturalmente, sino su estudio. Un vicario necesita distraerse de un trabajo que se vuelve cada vez más secular. Pienso en el pecado con una especie de melancólica nostalgia, un verano hace tiempo desaparecido de cerveza de jengibre y campanillas azules. Ahora nadie peca ya, y el pecado, a fin de cuentas, debería ser mi negocio. Envidio a los médicos: ellos tienen siempre enfermedades.
donde hay entusiasmo, no hay pecado.
¿Qué tenemos ahora en cambio? Lo justo y lo injusto, con su vestuario intercambiable, y los tribunales de policía, templos de un dios aburrido y neutral, aficionado a los desinfectantes.
ningún sacerdote es capaz de impresionarse, sobre todo después de haber estudiado las vidas de los patriarcas.
—Tal vez ella había estado comiendo ostras,—dijo Sir Benjamin.—Esto es muy poco probable,—saltó Crowther-Mason—. Este mes no lleva erre.
El origen de los diablos. Los antiguos dioses no murieron. Se pasaron a la oposición cuando empezó la nueva administración. Los diablos fueron antaño dioses. La propia palabra «diablo» significa «pequeño dios».
El dolor es malo como cena,
en realidad, importa poco la persona con quien se case. El matrimonio en sí es lo que cuenta.
Yo acepto a la gente como es. A mi edad, no puedo permitirme tener demasiados enemigos.
A mi modo de ver, una nueva religión no debe suplantar simplemente la antigua, sino que debe englobarla también.
Yo diría que la verdad no es materia de lenta destilación, sino una revelación acumulativa, tejiendo círculos cada vez más anchos…
El pasado se enriquece al desplegarse el presente. Los dioses están todavía vivos, son parte de un plan sobrecogedor que crece, se mueve, se ensancha, unifica.
—Todo es creado por los hombres—dijo Crowther-Mason—. Tenemos que confesarlo. Lo objetivo y lo eterno se parecen en que ambos son separables del observador. Cuando miro una mesa, hago una mesa, sólo por el hecho de verla. Lo eterno no es menos eterno porque sea una mente falible quien lo concibe. La revelación divina tiene que terminar en la mente del receptor humano. En este sentido, nosotros hacemos nuestros dioses.
Santa Venus.
La religión está muy bien en su lugar, pero cuando provoca actos de Dios, me abandona mi sentido del humor.
La muerte no es más que otro nombre del estado de ser yo mismo.
—«Mañana habrá amor para el que no lo tiene, y para el amante, amor. El día de la boda primigenia, la cópula De las partículas irreductibles; el día en que Venus Surgió armada de las flores nupciales de la espuma Y la verde danza de las olas, mientras los caballos volantes Relinchaban y resollaban a su alrededor y las monstruosas conchas Pregonaban su alegría intolerable».
El mundo parecía empeñado en romper todos sus espejos. El mundo estaba construyendo un salón de espejos, sólo para ver su propia y multiplicada imagen deshaciéndose en fragmentos, convertida la sonrisa narcisista en una risa burlona y retorcida.
Sabía que los ejércitos se habían puesto en marcha, que sonaban las trompetas, que la mente colectiva (instrumento de la oligarquía) estaba siendo modelada bajo la anestesia de los slogans y de los espectáculos de masas.