En esta investigación, Oscar Contardo hace un recorrido sobre los orígenes de la homosexualidad en Chile comenzando con un completo relato de cómo esta se proscribió y penalizó por motivos de política religiosa en la Europa medieval para pasar luego a América al finalizar el siglo XV.
El relato aborda los inicios de la cuestión homosexual en Chile con el Tribunal de la Inquisición y los juicios de la Real Audiencia hasta llegar a nuestros días.
El ensayo se estructura en ocho capítulos más bien extensos que describen los entornos sociales y políticos que enmarcan la homosexualidad y cómo esta se percibe en la población en general y cómo esa percepción determina la interacción que tendrá con la población heterosexual. La primera mitad del libro contiene mucha información recopilada desde muy distintos ámbitos que permiten tener una visión de la evolución de la homosexualidad y entender, por medio de conocer sus orígenes, la situación en que ha devenido en la actualidad. En mi experiencia, esos primeros cuatro capítulos que corresponden a la mitad del libro se me hicieron un poco tediosos; no me fue fácil avanzar en ellos, pero la segunda mitad la sentí más cercana y aun cuando el autor frecuentemente confunde el país con su capital, esta vez podría no haber grandes diferencias entre esta y las provincias como si lo había en su obra "Siúticos" (ese alcance lo hice tiempo atrás en la reseña de ese libro).
Es un libro interesante que acude a una gran cantidad de fuentes documentales y personales para dar vida a un recuento necesario en la historia del colectivo gay en Chile.
Página 137
Ganarse vida > Ganarse la vida
Página 145:
No se trata ya tan solo del jovencito afectado que Alberto Blest Gana encarna en Agustín Encina —al que se cuida de involucrar con una señorita de medio pelo—
¿Acaso sugiere Contardo que Blest Gana crea su personaje de Agustín Encina como un homosexual que oculta su doble vida cortejando a Adelaida Cordero?
En Martín Rivas, Agustín Encina encarna a un personaje joven, afrancesado, de modales afectados y un verbo ridículo, propios de una cierta elite decimonónica, pero nunca se sugiere que sea homosexual ni que su interés en la hija de Bernarda Cordero tenga algún propósito distinto al interés sexual, a menos claro, que su amaneramiento se mire con ojos actuales lo que, en mi opinión, iría en contradicción con las premisas del libro.
Páginas 283 y 284
Se describe un hotel parejero para homosexuales, cuyo dueño, Pedro Espinoza, había sido bailarín del Blue Ballet. En una redada de la Policía de Investigaciones se produce el siguiente diálogo entre los homosexuales residentes, según la sátira de un diario de la época:
—¡ Chiquillas! —gritó alborozada una voz femenina, pero no mucho—. ¡Son hombres auténticos y parece que vienen para acá!
—¡ Ay qué regio, qué regio! —gritó otra asomándose a la ventana y haciendo señas con las manos al inspector Pedro Espinoza.
Pedro Espinoza era el dueño del hotel, no el inspector de investigaciones. No sé si ese es un error del autor o es un gazapo del diario que publicó la seudonoticia.