La verdad es que a mí Dalí siempre me ha parecido un payaso insufrible. Ni siquiera soy fan de sus pinturas; me parecen una impostura, un engañabobos, sin mensaje ni fuste. Bonitas, tal vez, pero vacías (Magritte coincidía conmigo, por cierto); Dalí decía tonterías y la gente las compraba porque sí, porque cuando era jovencito, tal vez había tenido algo que decir, algo relevante que ofrecer. Después, la infame Gala habló por él, y el resto es parodia.
Esta biografía en cómic realmente no ha hecho nada para cambiar la imagen que tengo del pintor. Sí que me ha parecido que era todavía más ridículo de lo que pensaba, ya desde jovencito. Al leer y escuchar las historias que Pepín Bello —compañero de la Residencia de Estudiantes— contaba sobre él, hasta me parecía un bobo enternecedor, pero el respeto académico que Gibson me merece hace que ahora piense más bien que no era sino un farsante calculador prácticamente desde el principio de su existencia de niño mimado, un vendehumos únicamente preocupado por crear un personaje al que catapultar a la fama; así, transformó su muy humana timidez en un inhumano ego prácticamente sin límites. Ego que le llevó muy lejos, sí, pero que lo convirtió en una vil parodia de sí mismo, una máscara en perpetuo carnaval. Gala, siempre a su lado pero siempre distante, apartada del clown insufrible pero participando de su fama y fortuna, vigilaba como harpía sobre monte las evoluciones de su compañero, siempre inclinándose hacia el sol que más calentara, vendiendo su figura y su arte, eterno cobarde sumiso al poder que asesinó a su único amigo y probable amante, el (este sí) genial Federico García Lorca. En fin, interesantísimo documento tanto para los admiradores como para los detractores (entre los que me cuento) de este polemista cuyo mayor talento consistió en la desvergüenza.