El subtítulo de esta obra es: Cuatro lecciones de humildad. En efecto, se necesitan buenas dosis de humildad para elogiar lo que nadie quiere para sí, lo que nadie se atreve a reconocer, lo ‘inelogiable’: el fracaso.
A fin de cuentas, según Bradatan, todo el mundo fracasa en la vida. Todos, reyes y mendigos, ricos y pobres, sanos y enfermos, bellos y feos. Todos fracasamos porque no importa la vida que llevemos, al final siempre nos morimos. Todos nacemos para fracasar. Procedemos de la nada y estamos destinados a la nada. Este libro, que se construye sobre cuatro ejemplos de vidas famosas, fracasadas a su manera, se propone enseñarnos a aprender a fracasar. Es decir, a no tomar el fracaso como algo malo, porque después de todo, el fracaso es la normalidad.
Si no somos capaces de ver esta realidad es porque “la naturaleza nos ha programado para no reparar en nuestra propia desaparición. Empotrados en la existencia como estamos, nuestra principal preocupación es sobrevivir y reproducirnos, no plantearnos temas inquietantes como la muerte, la nada o la aniquilación”. Sin embargo, la muerte nunca deja de tenernos en cuenta. “Por muy satisfactoria que sea nuestra vida, a todos nos aguarda el mismo destino: el fracaso biológico definitivo”.
Un tema inesperado, sobre todo en estas épocas en las que vivimos rodeados de libros de auto-ayuda, cómo tener éxito, cómo ser feliz, cómo volverte rico, cómo vivir con buena salud, etc. En resumen, cómo alcanzar la plena felicidad, pues estamos convencidos de que el objetivo de la vida es ser feliz. Para Bradatan esto no es necesariamente cierto. En línea con su compatriota, el filósofo Cioran, percibe la vida como una enfermedad… que solo cura la muerte. Y nos recuerda que esto también está en línea con el pensamiento de Sócrates, quien un poco antes de morir pide a su discípulo Critón sacrificar un gallo a Esculapio. Era una costumbre griega hacer ese sacrificio cuando alguien se curaba de una enfermedad. Al morir, Sócrates se curaba de la vida.
Esta es también una obra de auto-ayuda, pero a la inversa. Examina el rol que juega el fracaso en nuestras vidas, y recomienda una terapia basada en el fracaso. Porque, como señala el autor en una entrevista, “la experiencia del fracaso nos permite ver las grietas en el tejido de la existencia”. Hay que saber ver estas grietas. Esto nos hace más humildes, lo que aquí quiere decir, no solo menos arrogantes sino más realistas. “Somos poca cosa de la que hablar, somos casi nada”, o como dijera Vladímir Nabokov, “La vida es una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas”. Casi nada.
Y sin embargo hacemos un sol de esa breve rendija de luz. Vamos por el mundo creyéndonos que somos el centro del universo. Somos soberbios y arrogantes, nos imaginamos más importantes de lo que somos. Creemos en el triunfo personal. Pero hasta Elon Musk, a pesar de sus trillones de dólares y de sus éxitos tecnológicos, no es sino una breve rendija de luz condenada a extinguirse. Por eso Bradatan sugiere que en la vida hay que estar preparados en todo momento para quedarnos sin ella. Pero esto no es fácil. ¿Quién le dice a Elon Musk que en realidad él no es más que un loser igual que cualquier miserable drogadicto de una calle de San Francisco? Solo un golpe de fracaso es capaz de bajarnos los humos.
Bradatan identifica cuatro tipos de fracaso (físico, político, social y biológico), y le aplica cada uno de estos a un personaje histórico, respectivamente, Simone Weil, Mahatma Gandhi, E.M. Cioran y Yukio Mishima. En este examen de los tipos de fracaso radica, quizás, lo más valioso de esta obra desde el punto de vista literario, lo que la hace extremadamente deliciosa de leer. Las anécdotas (de ‘fracaso’) de las vidas de estos personajes se podrían leer casi como un chismorreo de alta envergadura. Bradatan desnuda a sus personajes para exhibirlos con sus más mínimas fealdades.
Bradatan es también un heredero de Séneca —otro personaje que nos muestra al desnudo— cuando en su ‘terapia’ para vivir bien propone que hay que saber aceptar la finitud, pues es la única manera de vencer nuestro miedo a la muerte. “La mejor forma de enfrentarse al gran fracaso no es fingir que no existe, sino aceptarlo”.