Hay libros que no se leen: se atraviesan. La liturgia del olvido es uno de ellos. Un poemario que no se conforma con nombrar el dolor, sino que lo transita, lo contempla y lo va deshojando hasta dejarlo sin fuerza, sin mito, sin miedo. En cada verso, Adela G. Aceituno descompone el proceso del olvido con una delicadeza feroz: no como negación, sino como rito. Como un aprendizaje que se hace a tientas, entre ruinas emocionales y brasas aún encendidas.
Este libro es duelo, sí, pero no un duelo estancado en la pérdida, sino uno que camina, que respira, que muta. Es el luto por aquello que dejamos de ser cuando dejamos de amar, por lo que aún vive en nosotros aunque ya no exista. Por lo que fue refugio y también fuego, abrazo y herida, consuelo y condena. El amor que arde y nos salva y nos daña, que deja cicatrices y huellas invisibles, y que aun en su huida sigue reclamando un espacio en la memoria.
Adela G. Aceituno escribe desde un desgarro contenido, pero nunca seco; hay una humedad dulce en sus poemas, como de lluvia que por fin limpia. Porque el olvido que aquí se celebra —porque sí, en el fondo se celebra— no es anestesia ni negación, sino una forma de abrirse de nuevo a la vida. Una forma de regresar a casa. Cada palabra es paso, tránsito, despojamiento. Hasta que todo se reduce a ceniza, y del humo que se disipa, por fin, emergemos. No intactos, pero sí más libres.
La liturgia del olvido es también una celebración íntima: la del reencuentro con una misma. Un regreso silencioso pero firme a la plenitud que habita fuera de la dependencia, al cuerpo que ya no necesita ser mirado para sentirse real, a la vida que ya no se construye desde la falta. No hay vacío aquí, sino espacio. No hay final, sino renacimiento. En estos poemas, perder deja de ser una tragedia para convertirse en una forma más de conocerse.
Este libro no es solo un testimonio del dolor de decir adiós: es, sobre todo, una afirmación luminosa de lo que queda cuando el dolor ya no nos dicta el camino.