“Pueden venderse el cuidado, el entretenimiento, la impunidad. Obras de arte, películas, viajes, entradas a un gran e inolvidable concierto, una silla destartalada en un teatro alejado, la lectura del futuro, la comunicación con los muertos. Una visita a la playa, a un cenote, un paseo por la selva o la sabana. Pueden venderse el amor, la simpatía, la indulgencia. El petróleo, el gas, la elec-tricidad, la internet. Toda la tecnología posible. Pueden venderse un niño, una niña, una adolescente, la liber-tad, la idea de la libertad, la deformación de la libertad, un título universitario, una excarcelación, un esclavo.
Se venden la belleza, el brillo, la tortura, venenos que hacen promesas. Joyas, café al paso, una fotografía, tu nombre en un grano de arroz.
Años de tu vida, noches de tu vida, toda tu juven-
tud, tu vejez. Todo eso.
Una muerte digna, la eutanasia limpia e indolora.
Pueden venderse los escritores, los editores, las ideas, los cuentos, las historias familiares, las historias de amor, las denuncias, los activistas, el momento exacto en que se quiebra un corazón por la mitad como una copa, irreversiblemente, el cuerpo de una travesti, el conocimiento, la sensación de que tenemos impor-tancia. Se pueden vender los hijos, los cachorros de tu perra, el anillo de bodas que amarga tu semblante.
Puede venderse la memoria de un cuerpo, todo lo que aprendió con dolor.”