La muerte de la pintura.
Vamos a vivir montados en hombros de Vicens, un fotógrafo de difuntos, y el resto del elenco un viaje que discurre entre el París de 1840 y la Valencia de 1852.
Es una obra compleja por la forma en la que está estructurada. No obstante, es una elección que no es meramente estética, sino que guarda relación con la trama. En conjunción con el punto de vista elegido, permite plantear la historia de la manera más interesante, impactante y sorprendente posible.
La obra tiene un inicio muy fuerte, con ciertas tramas muy intensas y un desenlace que ata muchos cabos. No obstante, no estamos ante un libro redondo.
Y es lógico, ya que el autor ha intentado hacer algo muy complejo sin recurrir a trampas narrativas.
La ambientación está muy conseguida, es un libro muy sensorial y genera imágenes potentes.
Me parecen buenos detalles ver a gente tomando absenta como tiene que ser o que se explore la distancia que puede provocar para quien lea entender la fotografía antigua como una espera en vez de algo inmediato y que, aún así, en su momento sea algo extremadamente rápido en comparación con la pintura.
Por otro lado, hay puntos donde se prolonga la cotidianidad en exceso; especialmente en el caso de un viaje en tren que pedía una elipsis, aunque puedo entender que el autor te está preparando para la traca final.
La verdad es que las primeras cien páginas me han hecho volver a leer frases, me han revuelto por dentro y me han atrapado; lo que ha supuesto que me hayan subido mucho las expectativas.
Pero no puedo negar que la segunda parte de la novela no me ha convencido tanto. Puede que sea la manera en la que se ha ido armando el tercer acto o que la conclusión no me haya satisfecho.
Para resumir, me parece un gran libro que busca plantear algo complejo a nivel de gestión de la información y escaletado, pero que no llega a alcanzar las cotas que prometía inicialmente.
Aunque claro, Alfredo Álamo sigue escribiendo de lujo, de eso nunca dudéis.