Acabo de cerrar Yo no sé de otras cosas y siento que no he leído una historia, sino que he escuchado a una persona real contarme su vida. Una chica de un pueblo pequeño, con los ojos llenos de tristeza y la voz cargada de todo lo que no ha podido decir hasta hoy, hasta este día, hasta este momento. Se ha sentado conmigo en un banco, en un lugar donde no pasa nada, y decidiera por fin contarme lo que lleva años guardando. Y lo hace sin pedir permiso, sin adornos. Sencilla, directa, pero con una belleza seca que duele.
Lea me habló de su hermana Nora, que está viva pero no vive, de su madre, que también se llama Lea, y de cómo se siente encerrada en ese pueblo tan pequeño, tan lleno de pasado, que el futuro parece no tener dónde meterse. Me contó que quiere marcharse, pero no puede. Que ama a un chico que no la ama. Que finge fuerza porque nadie parece permitirle la debilidad. Que a veces se fuma lo que le da su amigo Marco para poder hablar, para poder decir. Y que todo esto ocurre el primer día del año 2013, el día después del fin del mundo según el calendario maya.
Y mientras, espera junto al bosque con un señor (que ha perdido a su perro pero que no habla en ningún momento), y me lo cuenta todo. Todo lo que nunca se dice en voz alta: lo mucho que duele crecer, lo difícil que es amar desde la falta, lo pesada que se vuelve la familia cuando se convierte en deber, lo injusto que es tener sueños que no caben en el sitio donde naciste.
Elisa Levi ha creado una voz única: rural, áspera, pero también poética, introspectiva, con una sabiduría que no se enseña en ninguna parte. Hay frases que subrayé porque me tocaron de una forma que no esperaba, como cuando Lea dice que los dolores no se lloran, que se dejan dentro para que se curen solos. O cuando afirma que lo que una sabe, fuera del pueblo, ya no sirve. ¿Cómo no sentirse identificado con eso en algún momento de la vida?
Y entonces llega el final. Uno de esos finales que no explotan, pero que retumban. Un final que a mí me dejó temblando por lo que revela: el límite invisible entre el amor, el cansancio y la culpa. Ese límite que muchas veces no reconocemos hasta que lo hemos cruzado
Este libro no tiene giros espectaculares, ni una gran trama, ni héroes. Lo que tiene es verdad. Y en la literatura, eso es más raro de lo que parece. Es la clase de libro que no te cambia la vida, pero sí la forma en que miras ciertas cosas: los pueblos que parecen detenidos en el tiempo, la gente joven que no encuentra salida, la soledad de los que aman más de lo que reciben.
Porque Lea no sabe de otras cosas, pero de eso, del dolor, del amor, de la vida encerrada en un lugar pequeño, sabe más que nadie.