Hay negocios que quiebran porque venden poco. La tienda de Morris Bober parece condenada a quebrar porque su dueño es demasiado decente.
Brooklyn, años cincuenta. Un barrio que ya empieza a oler a derrota antes de que amanezca. Morris tiene una pequeña tienda de ultramarinos, una mujer cansada de contar centavos, una hija que sueña con una vida que no empiece y termine detrás de aquel mostrador y una clientela que parece haber adquirido el compromiso personal de comprar en cualquier establecimiento menos en el suyo. Trabaja una cantidad absurda de horas, gana una cantidad ridícula de dinero y, para rematar la jugada, fía a gente que sabe perfectamente que quizá nunca podrá pagarle. Como empresario, Morris Bober necesitaría con urgencia un asesor. Como ser humano, la cosa ya se complica bastante más.
Porque ahí está el corazón de El dependiente. Bernard Malamud coloca a un hombre bueno en un mundo donde la bondad tiene pésima rentabilidad y se dedica durante toda la novela a preguntarse qué hacemos con alguien así. Si lo admiramos. Si nos da pena. Si pensamos que es un pobre hombre. Si las tres cosas pueden ser ciertas a la vez.
La llegada de Frank Alpine altera esa vida que parecía destinada a repetirse hasta el infinito. Frank es joven, de origen italiano, anda bastante perdido y acaba trabajando como dependiente en la tienda. Morris es judío; Frank, gentil. Uno ha construido su existencia alrededor de unas normas morales que apenas sabría formular; el otro todavía está averiguando qué clase de persona quiere ser. Entre ambos empieza a establecerse una relación extraña, a ratos paternal, a ratos desconfiada y siempre mucho más importante de lo que ninguno de los dos parece comprender al principio. Hay algo de padre e hijo en ese vínculo, pero también de aprendizaje moral: Frank observa en Morris una manera de vivir que él todavía no sabe hacer suya. Y ahí empieza también a complicarse el propio título: Frank es el dependiente, sí, pero pronto deja de estar tan claro quién depende realmente de quién.
Y Frank es una criatura estupenda precisamente porque Malamud no facilita demasiado que le queramos.
Quiere ser mejor de lo que es, pero quererlo y conseguirlo resultan ser actividades muy distintas. Puede sentir compasión y comportarse miserablemente casi sin cambiar de página. Admira la bondad mientras continúa haciendo cosas que la contradicen. Se observa a sí mismo, se avergüenza, se promete cambios, tropieza otra vez. Tiene además esa peligrosa tendencia humana a considerar que una buena intención debería descontarnos parte de la factura de nuestros actos.
Malamud, por suerte, lleva una contabilidad bastante más estricta.
Salvando todas las distancias, hay algo de Raskólnikov de barrio en Frank Alpine. La semejanza aparece en su manera de convivir con la culpa, justificarse y fantasear con convertirse en otro; la escala de sus actos, naturalmente, es muy distinta. Como si Dostoievski hubiera cambiado San Petersburgo por la trastienda de un colmado de Brooklyn.
Frank siente fascinación por san Francisco de Asís, y ese detalle que podría parecer poco más que una peculiaridad del personaje empieza a adquirir peso conforme avanza la novela. Morris es un judío poco preocupado por la ortodoxia religiosa y mucho más interesado en cómo se trata al que entra por la puerta. Cuando Frank le pregunta qué significa realmente ser judío, la respuesta de Morris conduce la novela a uno de sus lugares más interesantes: la identidad entendida como conducta. Sufrir, soportar, cumplir ciertas obligaciones hacia los demás, intentar comportarse decentemente incluso cuando nadie parece dispuesto a premiarte por ello.
El asunto sería insoportable si Malamud dejara a Morris reducido a un santo.
No lo hace. Morris se queja, se desespera, envidia la prosperidad ajena, toma malas decisiones y carga con una melancolía que ha terminado infiltrándose hasta en las paredes de su tienda. Su bondad no lo vuelve luminoso. A menudo lo vuelve simplemente pobre. Ahí reside buena parte de la fuerza del personaje: la novela se atreve a preguntarse qué valor tiene una virtud que fracasa en casi todos los parámetros con los que solemos medir una vida.
A su alrededor, además, el dinero nunca es una abstracción. Son unas monedas que faltan en la caja, unas facturas, una compra que no se hace, unos estudios aplazados. Ida contempla la generosidad de su marido desde una posición bastante comprensible: está muy bien ser buena persona, pero alguien tendrá que pagar al proveedor. Y Helen, la hija de ambos, siente que la tienda familiar se ha ido comiendo también sus posibilidades. Quiere estudiar, leer, salir de aquel barrio, tener acceso a una vida más amplia. Su impaciencia introduce otra pequeña crueldad en el libro: a veces el sacrificio de una generación se convierte en la jaula de la siguiente.
Todo sucede, además, en un espacio minúsculo. La tienda es negocio, casa, refugio, condena y casi organismo vivo. Morris abre por la mañana y uno tiene la impresión de que lleva allí desde el Antiguo Testamento. Entran clientes, vendedores, vecinos; alguien compra un panecillo, otro pide fiado, otro trae una noticia. Malamud consigue que ese puñado de metros cuadrados contenga una parte considerable de la experiencia humana sin necesidad de mandar a nadie a cruzar el Mississippi.
Malamud no tuvo que inventarse del todo ese mostrador: su padre fue tendero y algo de aquel hombre pobre, trabajador y profundamente decente terminó en Morris Bober.
La prosa ayuda mucho. Es seca, sencilla en apariencia, con frases que rara vez llaman la atención sobre sí mismas y un humor melancólico que aparece justo cuando la desgracia podría empezar a ponerse solemne. Malamud observa a sus criaturas con una mezcla difícil de compasión e ironía: conoce sus miserias, pero jamás las utiliza para sentirse superior a ellas. Hasta cuando introduce elementos simbólicos —y hay bastantes más de los que parece— mantiene los pies dentro de la tienda, entre latas, escobas y cuentas por pagar.
Eso quizá explique que una novela tan moral nunca me haya parecido moralista. Las ideas van apareciendo mientras sus personajes viven, se equivocan, se hacen daño, intentan reparar lo que han hecho y descubren que algunas cosas se reparan peor que otras. Frank concentra buena parte de esa pregunta: cuánto pesa lo que hemos hecho, cuánto lo que hacemos después y en qué momento, si llega ese momento, podemos afirmar que ya somos otra persona.
Si has leído Stoner, es posible que reconozcas algo familiar en El dependiente. William Stoner y Morris Bober se parecen poco, pero sus novelas obligan a desconfiar de la facilidad con que llamamos fracaso a una vida. Los dos son hombres modestos, poco espectaculares, sin demasiadas victorias que enseñar a nadie, y vistos desde cierta distancia podrían parecer derrotados. Pero tanto John Williams como Malamud se acercan lo suficiente a ellos para que esa palabra empiece a quedarse corta. Importa menos cuánto consiguieron; importa qué clase de hombres fueron mientras intentaban vivir.
Y al final queda Morris Bober.
Cuesta terminar esta novela y dejarlo allí, detrás del mostrador. Porque podría parecer uno de esos hombres a quienes la vida ha derrotado sin necesidad siquiera de ensañarse demasiado: bastó con un mal negocio, varios golpes de mala suerte y una incapacidad casi patológica para aprovecharse de nadie.
Pero entonces uno empieza a hacer las cuentas.
Y resulta que quizá llevábamos toda la novela utilizando la calculadora equivocada.
DC