El mundo está dividido entre los que tienen una herida en su historia y los que no.
Esta es una de las no pocas frases demoledoras que abundan entre los lomos de Lo frágil y lo eterno y consigue, desde mi punto de vista, condensar perfectamente la verdadera naturaleza de la novela. Mucho puede decirse sobre las virtudes de esta historia. Puede hablarse acerca del estilo con el que está escrito, con un tono pesado y reflexivo, intenso y muy humano que habla como un corazón hecho pedazos, como una canción triste con que acompañar nuestra pena. La voz del narrador, puesto su foco en la figura del protagonista Lou, funciona como un hilo que cose y mantiene unido en una misma composición todos los aspectos de la novela. Desde el propio pueblo de Bluesbury, del que no es descabellado pensar como otro personaje más, todo lugar que Lou visita acaba cargado de una niebla de melancolía, con el recuerdo de la pérdida, con el peso del duelo. Y es que todos los personajes, que son la mejor parte del conjunto, están atravesados por una historia desgraciada que hace de ellos quienes son (y esos, lo siento, son mi tipo de personaje favorito).
De entre todos ellos, naturalmente, Lou es el que más brilla. La novela abre sin ningún tipo de anestesia con un funeral. Lou se lamenta por la marcha de David, quien es su mejor amigo y probablemente algo más, pero sobre todo, porque está convencido de que nadie lo conoció como él. Con el paso del tiempo, con los libros que he leído, he llegado a aprender que amar no es muy distinto de conocer. Cuando Lou dice esto, en cierta parte, lo que nos está queriendo decir es que quedará por siempre en su corazón un saco de amor que lleva el nombre de su amigo, pero que ya nunca podrá dirigirlo hacia él. Lou vive encorsetado en una vida que de la noche a la mañana, con el paso de una guerra, se lo ha arrebatado todo. Su pierna, maltrecha por una herida de guerra; su corazón, hecho pedazos por la pérdida de su amigo, de su tía, y de todos los sueños de los que él tomaba su identidad. Lou, en este momento, es un fantasma, porque no está dispuesto a regresar a una vida que ya no es. Lou toma el libro de dedicatorias de David para impedir que nadie mancille su memoria con unas palabras para alguien que él no era, e incapaz de regresar a casa, acepta la oferta de huir a un mundo nuevo y empezar de cero.
En Bluesbury conocerá al resto de los vecinos y a sus alumnos de teatro, sí, pero también se encontrará cara a cara con la muerte cuando descubre en la sala de ensayo a once niños que no están ahí del todo, porque han perdido la vida tiempo atrás. Todos ellos son enternecedores, están perfectamente bien diseñados (porque soy de la opinión de que diseñar personajes niños es una tarea tremendamente ardua) y son como un rayo de luz que se cuela en mitad de un día encapotado. Poco a poco, y a costa de su propia salud, irá conociéndolos e incluso descubriendo sus historias y cómo acabaron. En el proceso, Lou tendrá que explorar Bluesbury y los alrededores y, sobre todo, abrirse y familiarizarse con el resto de habitantes del pueblo, y estos han sido, en mi experiencia, los momentos más interesantes de toda la novela. Como decía antes, todos están marcados por algún profundo dolor del que nunca hablan, y sin embargo, en los escasos momentos en los que surgen contextos de confianza y complicidad, a pesar de la vergüenza que destilan, los personajes dejan entrever las costuras de sus corazones maltrechos. Esas han sido las escenas que más me han conmovido, porque también han sido las que más han dado pie a que los personajes crezcan.
Y así, con un sabor de boca amargo, con una pesadumbre tenue a lo largo de toda la historia, vemos cómo todos los personajes van madurando, van cerrando sus heridas, van encontrando el abrazo que llevaban tanto tiempo necesitando y hasta el propio Lou, que lo había perdido a todo, va encontrando poco a poco su lugar.