«Señores: la comedia que vais a escuchar es humilde e inquietante, comedia rota del que quiere arañar la luna y se araña su corazón»
En este primer paso de la andadura teatral de Lorca nos encontramos con una delicia en miniatura; toda la sensibilidad joven del poeta se halla condensada en una obra cristalina, tierna, de elegante sencillez y cadencia amable, que con su brillo esmaltado hace lucir con peculiar encanto aquel tópico de tópicos: la melancolía amorosa. Pues es ahí donde reside el genio lorquiano, en saber conjugar en igual cantidad encanto y melancolía, el deseo y la frustración, el amor y la muerte. «¡Y es que la Muerte se disfraza de Amor!» anuncia en el prólogo de la obra, cuyas primeras líneas encabezan lo que escribo. Y con ese disfraz se deleitará sin tregua el lector.
El argumento de El maleficio de la mariposa es harto sencillo; cobra su fuerza gracias a esta síntesis de elementos (que nos recuerda inevitablemente a Maeterlinck o al Wilde de Salomé), y a su carga simbólica. Los personajes son insectos... literalmente. Nuestro protagonista cucaracha ("Curianito el nene"), poeta ocioso y enamoradizo, eco de algún Romeo primitivo; "Curianita Silvia", cucaracha enamorada de él pero no correspondida; "Alacrancito el cortamimbres", borracho bribón y fiero; y, claro está, la Mariposa, arquetipo de la belleza herida e inalcanzable («soy la muerte y la belleza» nos dice); estas son las piezas principales del elenco. Al margen de las situaciones anecdóticas, la acción puede resumirse diciendo que, tras caer de lo alto de un ciprés, la Mariposa con un ala rota adolece medio dormida, medio inconsciente, y Curianito se enamora, fascinado por una belleza sin parangón: «Ella viene del alba. Es una flor que vuela».
El amor, y especialmente este amor entre el insecto más bello y el más desgraciado, alcanza su máximo esplendor en el dolor. El soliloquio final del pobre Curianito, del que me limitaré a citar lo mínimo para no manchar la lectura de nadie, supone un cierre magistral: «¿Quién me puso estos ojos que no quiero / Y estas manos que tratan / De prender un amor que no comprendo? / ¡Y con mi vida acaba! / ¿Quién me pierde entre sombras? / ¿Quién me manda sufrir sin tener alas?».
Con este broche de delicada plata culmina una obra que es reflexión sobre la poesía, la figura del poeta incomprendido, la belleza inasible a la vez que inseparable del horror, de la muerte. Lo onírico, lo imaginativo y lo poético florecen en una pequeña joya que con su apariencia de fábula o cuento de hadas nos muestra al Lorca más precoz queriendo, como dice, arañar la luna mientras se araña el corazón. Sus versos nos dejan colmados de belleza mientras vemos reflejada esta honda visión del mundo sobre la superficie irisada de un ala de mariposa.