Era un día cualquiera del muy lejano 2011. Servidor era un jovencito imberbe y confuso que acababa de descubrir la editorial Valdemar y estaba iniciándose en sus blasfemos misterios. En su diario y prolongado vagabundeo por el ciberespacio, admirando portadas de libros cuyo inexistente capital le impedía comprar y buscando nuevas lecturas afines a sus gustos recién adquiridos fue a parar al blog La décima víctima, mítica entrada al submundo de la literatura raruna y el cine mudo escrito por José Luis Forte, ahora codirector del podcast Todo tranquilo en Dunwich junto a Erica Couto. En una de las muchas entradas que visitó aquel día una llamó su poderosamente atención. Era un segmento del programa de radio Los dos de la tarde, de radio Extremadura, dedicado a William Hope Hodgson, autor acababa de conocer por su cazador de fantasmas Carnacki. Me lo empapé, obviamente, pero no me sació. Por suerte, este atípico segmento cultural formaba parte de una serie mucho más larga. Así, gracias a estas píldoras radiofónicas de poco más de un veinte minutos descubrí al Doctor Who, a Algernon Blackwood, a Gene Wolfe, a Eugene Fromentin, a Leo Perutz y a Alexander Lernet-Holenia. Y por supuesto, a este autor que nos ocupa, el inclasificable y enajenado Harry Stephen Keeler, que leo por primera vez después de 13 años.
Siento que esta introducción se haya alargado excesivamente, pero al Cesar lo que es del Cesar. Si ahora soy este lector es en parte gracias a la tutela inconsciente de José Luis Forte y su blog. Así que: ¡muchas gracias, José Luis! ¡Y sacad más Dunwinch y Barullo!
Ahora sí, ¿Quién es Harry Stephen Keeler, cómo definirlo? En pocas palabras, un escritor de novelas policiacas o de misterio. Pero estas palabras no le hacen justicia; necesitamos muchas más palabras. Primero, contexto. En una época en que la Ley Seca y el Crack del 29 había acabado con el poco idealismo que le quedaba a la sociedad americana y Hollywood familiarizaba al público, en vivísimo blanco y negro, con las criminales maneras del lumpen y del nuevo gánster de gabardina y metralleta Thompson, las historias de detectives inglesas, tan frías y cerebrales habían quedado repentinamente anticuadas y, lo que es peor, aburridas. El lector de a pie no quería al detective excéntrico con grandes dotes de observación que resuelve el caso con un espectacular despliegue deductivo final, sino un investigador de campo, curtido por la calle y que no dude en desenfundar si la cosa se complica al final, sí, pero del primer acto. Así es como nace el género negro clásico, en el que resolver el misterio importa siempre y cuando haya tiroteos, frenéticas persecuciones, puñetazos y mesas rotas bajo el peso de un maleante vapuleado.
Este cambio de paradigma no satisfizo al jovencito Keeler, que tenía una visión mucho más personal del género. Y es que, para Keeler, las historias de misterio tenían que tener, precisamente, un misterio atractivo y divertido. Al igual que sus contemporáneos, Keeler rehuía los desarrollos morosos y los clímax finales; estaba a favor del hombre de acción, el agente activo que encuentra pistas corriendo de un lado a otro y molestando a propios y extraños en sus pesquisas. Pero sobre todo, y aquí reside la genialidad de la narrativa de Keeler, el misterio, para no dejar nunca de serlo, debía presentarse como un suceso inicial sorprendente que se desvanecía tras una urdimbre inextricable de tramas rocambolescas y elementos extravagantes que pusieran a prueba la atención y memoria del lector. A Keeler no le interesa la verosimilitud, para él es aburrida, tampoco la causalidad ortodoxa, tan predecible. Las historias de Keeler dan la sensación de haber sido improvisadas en una desaforada huida hacia delante: repletas de casualidades imposibles, encuentros y equívocos, identidades secretas y suplantaciones, nada de lo que ocurre parece estar aparentemente relacionado ni llegar a ninguna parte. Pero, de pronto, las tramas empiezan a encajar, el misterio se va esclareciendo y lo que al principio parecía un sinsentido estaba, en realidad, matemáticamente diseñado. Y es que Keeler tenía el cerebro de un inglés y las tripas de un yanqui.
Para pergeñar sus historias, Harry Stephen Keeler utilizaba el método de la tela de araña. Inventado por el mismo, éste consiste en ir creando hilos dramáticos. Dichos hilos pueden ser personajes o objetos importantes para la trama, y pueden aparecer tantos como el autor considere. Una vez se tienen todos los hilos deben ir conectándose unos con otros, de modo que cada conexión entre hilos se traduzca en un incidente dentro de la trama que la mantenga a esta siempre en movimiento. Suena confuso, pero sobre el papel es más fácil de entender. Si os interesa, en la red podéis encontrar varias de estas telas de araña dramática que utilizaba Keeler para urdir sus novelas. Por tanto, Keeler ni era un escritor brújula ni mapa, Keeler era un matemático que lograba convertir su fantástica y delirante inventiva en un edificio sólido e inexpugnable; aunque el edificio que presentaba tenía pinta de manicomio.
Pero, y de qué va Noches de Sing Sing. Pues bien. La novela comienza con tres personajes cautivos en la californiana prisión de Sing Sing, condenados por asesinato. Esta es la última noche de estos personajes, a la sazón escritores y dramaturgos de éxito, pues al alba serán ajusticiados en la silla eléctrica. Sin embargo, el gobernador se presenta con un indulto para uno de los tres reos, pues al parecer en el finado solo se encontraron dos balas, por lo que uno de los tiradores tuvo que fallar. Dado que fue imposible determinar cual de los tres erró el tiro en la refriega, los escritores idean una forma de decidir como salir de este brete de manera justa y caballerosa: los tres aprovecharan sus últimas horas para concebir una última historia, y será su celador, un hombre poco instruido, quien oficie de juez y elija cuál de las tres historias es la mejor. El fallo decidirá cual de los tres escritores será indultado.
La novela es, por tanto, tres cuentos independientes de distintos géneros. El primero, una historia criminal sobre el robo del collar de la joven heredera de un magnate; la segunda, mezcla de intriga periodística e historia de amor; y la última, una fantasía pulp con intercambios de cerebro. Las historias van de más a menos, por desgracia, pero en todas está impreso el indeleble y inconfundible estilo de Keeler: son frenéticas, avasalladoras en ocasiones, no dan un respiro pero nunca, jamás, aburren. Son historias que están siempre arriban, siempre van con la sexta marcha puesta y el único freno que conocen es el de seguridad.
No quiero ni puedo contaros más, a Keeler hay que descubrirlo, no describirlo. Obviamente hay que decir que no todo el mundo va a entrar en su juego, pues sus historias caminan sobre la fina línea que separa la chorrada de la genialidad. Pero si entráis, y si os gustan las historias pulp de misterio y detectives estoy seguro de que vais a entrar, saldréis convertidos en otro lector. Porque leer a Keeler tiene algo de rito iniciático: uno se siente menos inocente sabiendo que había gente así de enloquecida haciendo literatura.