Querido muerto mío es una novela que indaga en la complejidad de la disposición para la guerra y en la fragilidad de los cuerpos configurados para luchar que transcurre en un Caribe opaco de fronteras difusas bañadas por un mar amenazante. Una historia que contrapone el peso de una infancia entre cadáveres, una adolescencia rabiosa y una vida adulta tratando de encontrar una razón de ser entre la milicia, la búsqueda de fortuna y la muerte.
"Eran hombres y la complicidad entre los hombres consistía en silencios espantosos" dice el narrador de esta novela, mientras describe a Elías y a su padre —un recolector de muertos— arrastrando los cadáveres que llegan a la playa. Cada mañana una nueva marea se apila en la orilla y obstaculiza el tránsito de las lanchas de los pescadores. El padre, contaminado por tanta carroña, vive alcoholizado e intenta enseñarle el oficio a Elías. Pero el hijo odia amontonar cuerpos y se pregunta con angustia si se está convirtiendo en el papá.
"Como los tentáculos del manglar, las mentes de los niños se refugiaban más allá del lugar donde crecían, en lo hondo, en lo mojado, en lo oscuro". Los niños son los primos Ana y Alí, y sueñan con ser pescadores. Ana tiene una conexión telepática y clarividente con el mar. En uno de los pasajes más bellos del libro, nos sumergimos en un catálogo de peces imaginarios parecidos a las piedras, los rayos eléctricos, las cabezas de los elefantes, el plumaje tornasolado de los colibríes y las chispeantes partículas del volcán. Los niños espían a los pescadores para copiar las técnicas y los trucos. Siguen a uno que va en motocicleta hasta un bajío de arena negra, se esconden en la manigua, esperan a que el hombre se vaya y, en plena noche, descubren unas trampas para cangrejos que ocultan tesoros peligrosos.
Una madre y su bebé se refugian en el patio de una casa. Escuchan los gritos, los balazos, las explosiones: las llamas devoran a Puerto Príncipe. Aguardan y se alimentan: "Apretó un puñado de tierra fresca, se tapó la nariz y masticó. La tierra negra le supo a lluvia; la amarilla, a semillas de cilantro; la blanca, a hojuelas con miel". El bebé crece y se convierte en un hombre importante en Haití. Su camino se cruza, de una manera u otra, con Elías, el recolector de cadáveres y con Ana, la psíquica del mar.
«Querido muerto mío» es una novela que indaga en la ira, la guerra, la peste y la muerte. Una exploración bélica, gótica y onírica del Caribe. Un libro escrito con poesía, violencia, alucinación y, pese a todo, ternura. Una obra que, además (para la delicia lectora), está colmada de referencias a Esopo, Ovidio, Hesíodo, La Biblia, Dante, Borges y Shakespeare, entre otras.
Súper adictivo! Admito que la primera parte del libro me costó un poco por que se siente como un montón de cuentos pero luego, llegando a la mitad, esas historias se entrelazan maravillosamente y se te hace imposible parar. Me conmocionó mucho cada historia en particular, odié infinitamente a Bailone, me impactó mucho leer en la ficción las necesidades tan reales de un país como Haití, tanta desigualdad, tanta injusticia, tanta corrupción y tantas ganas de jugar con la ignorancia de la gente. Eso duele. En estos casos estoy segura de que la realidad supera a la ficción, y por mucho. El final me desconcertó, no entendí qué pasó con Elías pero bueno, creo que eso hace parte de la libertad del lector. Me gustó mucho!
Este relato surge y culmina en un Caribe transfronterizo. Las diferentes historias de unos niños que crecen al margen del río y el mar, la pobreza y el abandono, llevan a que estos terminen siendo parte de un grupo de entrenamiento militar que, al final, tendrá como objetivo crear un ejército de mercenarios bien entrenados para matar. Es interesante la forma en la que el autor crea cada historia de estos niños que van tornándose adultos y, a partir de sus trayectorias, el relato se torna una exploración de la muerte, la guerra y la violencia.
No le había dejado reseña. Me hizo recordar una conversación con un amigo escritor sobre el arte como guayabas: el producto de un cuerpo tan fértil que, amontonado sobre la tierra, se dispone a morir en fermentos. Interesante pensar el cuerpo de esa manera. Interesante pensar en Colombia de esa manera. Aunque el libro parece desarrollarse más bien en una suerte de Interzona caribeña, es difícil no imaginar qué anclas tiene en nuestro accidentado país.
Como lectora, me sentí obligada a abrir un espacio en mí para acoger las emociones que los personajes de esta historia no pueden permitirse, ya que ellos parecen estar privados del derecho a sentir. La vulnerabilidad y la reflexión en los escenarios de «Querido muerto mío» son lujos impensables, adormecer las emociones es parte de la supervivencia.
Hay escenas dolorosas que permanecen en la memoria incluso después de terminar el libro. También hay una crítica evidente del autor a este mundo patriarcal que exige a los hombres convertirse en aquello que los daña, para de ser aceptados y respetados. La fragilidad y la fuerza conviven en un mismo plano y, muchas veces, en un mismo acto, lo que permite encontrar atisbos de ternura en medio de la violencia y buscar la esperanza entre tanta desesperanza.
Amé la la fragilidad de Ronda, la fortaleza y la inteligencia de Ana, la historia de Elías, el amor del sargento C y su esposo Vlad, y las alusiones a la Biblia que alcancé a reconocer. Además, la novela despertó en mí una curiosidad por la historia real del suceso ocurrido en Haití. Un libro lindo para reflexionar sobre los estragos de la guerra y las exigencias a las masculidades.
Querido muerto mío no te permite distracciones ni imaginaciones. La narrativa frenética hace que frase a frase el lector no encuentre la oportunidad de desengancharse para tomar aire. Los lugares, personajes y situaciones, inicialmente novelescas, terminan abriendo una puerta que permite entrever la pequeñez de la condición humana, exacerbada por la pobreza y la posibilidad de un golpe de suerte, que no pasa de ser un “golpe de calor”.
Grandes historias partidas por una conexión que no me pareció clara. Comienza con historias de duras realidades locales en Colombia y acaba en el ataque al expresidente de Haití. En el medio varias páginas en un bosque en el que me perdí y que no parece conectar las historias.
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Las historias que componen esta novela demuestran lo que sucede cuando la identidad se vuelve más liviana que la Patria.
Felipe Núñez tiene una prosa magistral. Cada párrafo pareciese estar compuesto de frases que transmiten una potentísima carga poética por sí solas. Con esas herramientas, es que logra traer a la vida un Caribe interconectado por pasiones tristes. Frustraciones, anhelos y afanes que confluyen en la creación y fortalecimiento de un mito: el mito de la Guerra (o el mito de la Patria, si se le pregunta a esos soldados que sirven como protagonistas principales de esta historia).
Me parece muy bonito que el autor se tomase el tiempo de narrar la vida de Elías y Ana - los protagonistas - desde pequeños. Todo para decir qué los llevó a la profesión de soldado, qué los impulsó a ponerse al servicio de las Fuerzas - y qué obsesiones los mantuvieron en ese camino (inercia que, claro está, se refuerza por desafortunadas casualidades).
Una novela que narra el Olvido del Caribe colombiano a un nivel que no tiene nada que envidiarle a Quintana, Molano y otras grandes plumas de la literatura nacional. Que, a través de su historia, cuestiona la fragilidad de los sujetos que se avocan a la guerra. Y que, sin embargo, no deja de reconocer en esta última un eje central en la construcción de lo que llamamos Patria - sea en Colombia, sea en Haití, sea en cualquier lugar donde se asoma el sol.
Querido muerto mío es un libro que te atrapa. Empiezas a leer y, sin darte cuenta, ya estás llegando al final. Recoge entre sus líneas la historia de un país que ha tenido que cargar con la violencia de muchas maneras y que todavía arrastra sus heridas.
Cada una de las narrativas que usa te sumergen entre la nostalgia del pasado, la incertidumbre del futuro y un presente que pesa y que no es reconocido. Leer este libro trajo a mí una historia cruzada por múltiples contextos, tragedias e injusticias de un país desigual que deja en desamparo a los territorios más olvidados, que hace que sus niños y niñas tengan futuros inciertos. Caminos que terminan en las armas y que solo dejan desasosiego desde donde sea que lo veas.
Felipe logró construir una novela adictiva, que logras vivir y visualizar con cada palabra que escribe.
Los tres últimos capítulos valen la lectura de Querido muerto mío. Es en ellos donde Núñez logra el estilo con el cual quiso, tal vez, escribir todo el libro. Pero tiene uno que padecer dos o tres capítulos que podrían sobrar... corrijo. La palabra no es padecer, pero la lectura se hace lenta y pantanosa porque las metáforas, el ritmo y los enganches se notan forzadas.
Aún así, insisto, esos capítulos finales capturan y no te sueltan y te haces que viajes hasta Haití y hasta la mente de los protagonistas y de los extras y reconoces algo que llevas rato intuyendo-- la investigación para la novela fue juiciosa y detallista.
Ese no-lugar en el Caribe, para hallarse en Puerto Príncipe, sinceramente me desconcertó de buena manera… La realidad haitiana era algo que desconocía por completo, aunque luego se me hizo muy referencial, tanto que perdí varias veces el hilo con los personajes. Además, fue muy inmediata su historia local para verse envueltos luego en un magnicidio, pero creo que allí radica la proeza literaria.
Quedé fascinado por el uso de la jerga costeña y por frases ingeniosas que no olvidaré, como: “La luna parece como una uña mordida y escupida al aire.”
Una lectura que te atrapa y no te suelta. Personajes trágicos y conmovedores te arrastran página a página, con la urgencia de saber qué será de ellos. Pura acción y sentimiento, golpe a golpe. Es una historia que se devora sin pausa, hasta que te descubres inmerso en un relato vibrante que dialoga con una realidad muy latinoamericana: la maquinaria militar y cómo se alimenta de los sueños de superación de quienes nacieron ya condenados. Y al final, esperanza...
No me termina de cerrar. Por un lado me gustó el ritmo frenético con el que narra Felipe Núñez Mestre, su lirismo narrativo para describir la violencia, la marginalidad de los personajes, la guerra. Por otro, ese mismo ritmo cinematográfico a veces resume las historias, las que se van resolviendo de manera exprés, casi por sí solas. Me faltó diálogo y escuchar más a los personajes. Después del inicio prometedor, se cae en lugares comunes o simples, pero también en otros más arriesgados. De repente inverosímil. Ayayai.
El libro es increíble. Empecé a leerlo y no pude parar, me intrigaba mucho saber que iba a pasar con los personajes y sus decisiones. La descripción de cada lugar y de cada situación hicieron que sintiera que lo viví todo en carne propia. Ojalá podamos conocer en el futuro como se desenvolvieron y salieron a flote los queridos vivos que sobrevivieron el libro. Pdta: golpe de calor para todes!