Haciendo una (ir)reverencia, entran Alpha Cómic en el 2024 y Karla Paloma en el mercado español. Heredera posmoderna del cómic underground americano a lo Aline Kominsky-Crumb, en la misma estela de nuestras Aroha Travé o Rosa Codina, la autoficción de Paloma se apodera del millennialismo absurdista para (re)construirse desde el exceso imposible...
...palabros todos ellos para decir que en los tres fanzines recopilados en
Ratas
tenemos niñas alcoholizadas, pedos de perro letales, sexo fetichista, bisutería tóxica, orgías imaginarias, explotación laboral y demasiados, demasiados, demasiados bebés alrededor de la protagonista. Es decir, lo que suponer millennial en la treintena. Haciendo bandera pseudoinconsciente de la irresponsabilidad, la Karla Paloma ficticia tiene sueños e inquietudes frente a los que la apoya su perro parlante Lilsky, pero la realidad siempre es más exigente.
Inseguridades, abusos de distinta índole, relaciones rotas con cuyo cadáver aún tiene que convivir o frustradas antes de que siquiera comiencen, y la insatisfacción al final del día. Nada de esto impide a la autora tomarse con humor (ácido, absurdo, autoconsciente) su situación precaria, rodeándose además de secundarios en distinto grado de patetismo, todos ellos representados en su particular estilo caricaturesco. Así, a la claridad más simple de “Carne quemada”, el primer fanzine, le sigue la entrada de masas de negro y detalles en “Huevos de rata” para, finalmente, ir nutriendo de fondos más variados a “Antibebé”. De este modo,
Ratas
es, a la vez, muestrario y evolución del arte muy personal de Karla Paloma y su peculiar mundo decadente en el que habitan dragones, pero también una amplia galería de gilipollas.