Ante un Estado que niega la realidad y apela al artificio de un mundo feliz hecho de simulacros y falacias, el ser «chéveres» se advierte como una máscara, el espejo trucado que nos perpetúa en el autoengaño, incapaces de asumir nuestro destino. Frente al colectivismo oficial que uniforma y masifica, urge rescatar la identidad individual y lo múltiple como único contrapeso a la inquisición igualitarista.
En plena urgencia de definiciones, las diferencias entre ser hombre y ser mujer en Venezuela no solo se manifiestan en los valores y conductas que rigen la vida social del país: permean el habla cotidiana, desde el tierrúo hasta la sifrina, del pran a la «vieja loca». Somos lo que hablamos y este libro surge de las voces de la calle, pero Gisela Kozak Rovero trasciende la diversidad sociolingüística y de género para atisbar que es precisamente en lo diverso y no en delirios unificadores como puede haber salidas al choque devastador de nuestras divergencias.
Con la libertad del humor y la ironía, un verbo punzante, y transitando con más incertidumbres que certezas por el turbulento laberinto en que nos convertimos, Kozak Rovero ataca, aunque no sin indulgencia, el mito del «cheverismo» para (re)descubrir que los venezolanos en realidad no somos —acaso nunca lo fuimos— ni tan chéveres ni tan iguales.
Es narradora, ensayista y docente universitaria. Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela y Magíster en Literatura Latinoamericana y Doctora en Letras por la Universidad Simón Bolívar. Trabaja como Profesora Asociada en la Escuela de Letras, la Maestría en Estudios Literarios y la Maestría en Gestión y Políticas Culturales, pertenecientes a la Universidad Central de Venezuela. Su obra ha recibido reconocimientos en Venezuela y el exterior.
Por una casualidad llegó a mí este libro. Aunque a decir verdad quizá lo haya atraído de manera inconsciente. Conozco a la profesora Kozak y además tuve la fortuna de ser su alumno en dos o tres ocasiones: la primera con la materia de Teoría Literaria, y luego en un seminario sobre Globalización y Literatura el cual, por cierto, nunca pude terminar. La considero una persona brillante por su aguda inteligencia y su carácter, médulas de su discurso. Desde que se publicó este ensayo (llegué un poco tarde al bautizo en la librería de la hacienda La Trinidad) quise comprarlo, pero sinceramente el precio se aleja de mi presupuesto. No obstante, ahora que por unos días lo tuve en mis manos pude convencerme de que el contenido vale la pena y lo recomiendo para todo el que quiera participar por un rato en una lúcida disección de nuestra complejísima y divertida sociedad.
Me gustaron un montón de apreciaciones pero hay una de ellas que logra englobar las ideas que se discuten. Dice: "Quizás nuestro problema cultural tenga que ver con que somos millones de espacios privados que no hemos logrado todavía un buen ensamblaje en el espacio público."
El libro me pareció un testimonio de nuestra época, un ensayo libre, digamos, una interpretación de nuestra cultura. En especial, se enfoca en las peculiaridades que conforman "la identidad venezolana" y cuestiona cada cosa con mucha fuerza y sagacidad. Destaca su lenguaje franco, lleno de humor y de gustosa altanería que he disfrutado siempre. Para mí fue como asistir a otra de sus clases: deja una sensación de entusiasmo crítico (aunque no se compartan sus ideas) muy refrescante, a pesar de que reconozco (y advierto) que a lectores demasiado sensibles algunas afirmaciones podrían resultarles como un baldazo de agua fría.
Ahora que estoy enfrascado en otras lecturas esta me resultó esclarecedora y estimulante, como un café y un cigarrillo a mitad de la tarde.
Termino con una opinión muy personal al respecto de la edición del libro. Siento que este material quedaría mejor en un formato digital de consulta pública, como por ejemplo en un blog (con posibilidad de discutir y añadir comentarios en un foro). Es realmente corto y de lectura rápida, al verlo impreso y ponderar su precio muchos eventuales lectores huyen con espanto. Entiendo perfectamente el factor monetario involucrado en un trabajo de investigación como este, sobre todo si lo sumamos a los absurdos costos editoriales, pero también es cierto que ahorita la masa no está para bollos y es una lástima que el público de este libro termine siendo tan reducido. Por otro lado es una edición muy bonita, sencilla, con buen tipo y tamaño de letra. Me fascinó la fotografía de la portada.
Quedé muy satisfecho con las opiniones de Gisela en este escrito y declaro que, aunque no las comparto del todo, es fundamental su lectura para entendernos y reconocernos socialmente.
Siempre pensé, y las situaciones extremas como la actual me lo confirman, que ese carácter fácil, llevadero, light del que el venezolano se vanagloria es en realidad una capita de suavizante puesta ahí para no ir a las honduras de nuestros grandes rollos, divergencias y carencias, que son muchos y profundos. Este libro da un paseo con filo y una pizca de jodedora indulgencia por ese velado paisaje.
Me gustó bastante su humor, y muchos de sus argumentos para desmantelar nuestra idiosincracia son los mismos que yo uso. Además, la lectura que hace desde el uso del lenguaje me encantó. Una lectura ligera que me hizo reír mucho.
Un análisis ligero e irreverente de los paradigmas, prejuicios y diferencias que aún persisten en nuestra sociedad venezolana, en particular la diferencia entre hombres y mujeres y ni hablar de la comunidad LGBTI.
Un libro que vale la pena darle un vistazo y pensarlo y repensarlo para lograr los cambios y modernización en nuestro país, partiendo de la compresión que "no somos tan chéveres" ni tan felices.
Muchos creen que el venezolano vive en una eterna fiesta, pero no es cierto. El país donde cree que todos son iguales al final hay una fuerte desigualdad social y hasta racismo debo decir.
Me gustó mucho este libro que fue un regalo que me dieron justo antes de salir de nuevo de Venezuela. Lo comence a leer el 15 de marzo de 2015 y no lo termine el primer día por andar en una nebulosa. Lo recomiendo para el que quiera leer con un toque de ironía la visión de una profesora de nuestra UCV acerca de como somos.
La forma un tanto informal en que la autora relata la problemática del Venezolano, de que "no somos tan chéveres ni tan iguales", como puede parecer a los ojos del mundo, hace que el libro sea muy fácil de leer, sin evitar que no se genere una reflexión sobre cómo somos los venezolanos, diversos, e imperfectos.
La mejor manera de entender el estereotipo al que día a día debemos por bendición y asco encontrarnos en la calle y en la vida. Esa idea del cheverismo y la alegria que solo buscan tapar con un dedo ese sol de problemas que tenemos como pais.
Tengo la dicha de haber sido alumna de Gisela. Leer el libro me recordó mucho sus clases de Teoría Literaria. Un libro para reflexionar sobre la idiosincracia del venezolano y la idea que de ser diferentes no es malo. En la diversidad crecemos en lo individual y en lo colectivo.