Nunca supe acomodar el duelo de perder un amigo, de soltar una mano y que el vacío se quede punzando sobre la piel. Nunca supe qué hacer con el pedazo de tela que queda colgando. No hay muchos nombres para lo que ya no es, quizás por eso se escriben libros.
Los libros que me provocan envidia por no haberlos escrito son mis favoritos, los que llevo más cerca, son la voz que intento imitar cuando me toca el turno en el karaoke.
He fantaseado con la idea de haber escrito algo así, pero no di con la clave. Me quedé con esas dos palabras colgando de la boca: amigo mío, amiga mía.
Pero Raquel si la encontró y pudo articular, escribir, llorar. Al leerlo algo se acomodó. Quizás me acurruqué en su dolor, me hice huevito y dejé que sus palabras fueran las mías, que su historia fuera la mía y proyecté mi dolor en el suyo.
La potentencia de este libro viene de todo lo que se dice, pero sobre todo, de eso que se intuye, que se señala con líneas punteadas y queda así, cómo el recorte de una foto en la que alguien no está (idea del libro).
Hay muchos libros que uno agradece haber leído. Hay pocos que uno agradece se hayan escrito. Ahora tengo algo para regalar, algo para decirle al otro: amigo mío o quizás simplemente fantasear con que en alguna sala esté esa persona, con este libro, pensando en ese nosotros que no fue más.