Hasta la fecha, mi balance con los libros de Ursula K. Le Guin se reducen a dos lecturas previas: La mano izquierda la oscuridad, que no me convenció, y El Nombre del mundo es Bosque, que sí me gustó bastante. Este Ciudad de ilusiones cae del lado de los que sí.
La novela cuenta con un inicio que siempre es intrigante y muchas veces efectivo: la del personaje que despierta amnésico en un lugar que desconoce. Este tipo es bautizado como Falk y es adiestrado por unas gentes que viven en los bosques, le cuentan como es el mundo y lo forman para afrontarlo. A pesar que Falk tiene toda la apariencia de ser extraterrestre y sus ojos amarillos despiertan cierta inquietud, Falk se integra en la comunidad y encuentra su lugar en el mundo, no obstante siempre baila en su cabeza la cuestión de su identidad y por eso marcha hacia la ciudad de Es Toch, dónde viven los shin, la raza maquiavélica que domina el planeta y de la que en su pueblo de adopción Falk es debidamente instruido para que desconfíe. En ese largo camino hacia la ciudad, se descubrirá que la realidad es siempre muy difícil de manejar y encajar en los principios que son entregados.
Una primera parte de la narración tiene el sabor tolkieniano, nos ofrece la cuestión del viaje, aunque con cierta intención antropológica, pues en ese errar por diferentes culturas se aprecian los contrastes y las posibilidades de los diferentes pueblos. Desde los más bárbaros, muy violentos, que practican sacrificios humanos y mutilaciones rituales hasta el enclave Kansas, gobernado por un personaje megalomaníaco y sin embargo mucho más clarividente de lo que en un principio parece, un lugar dónde se aprecian los refinamientos de la vida civilizada y los juegos. A través de este recorrido, Le Guin nos muestra la dificultad de la existencia entre esos pueblos dispersos, que los shin mantienen subdesarrollados para controlarlos mejor, la complicación de la comunicación y el entendimiento resultan imposibles sin el debido progreso. A su vez, deduzco, la narración es una metáfora acerca del imperialismo, sostenido con engaños y falsos mitos que consagran el dominio de los shin sobre todos esos lugares y gentes.
Si bien el arranque no me ha entusiasmado demasiado, cuando Le Guin introduce cierta característica de los shin, que respetan a rajatabla la ley de no quitar vidas, ahí sí me interesé y enganché al mundo que se propone en la novela. Me pareció ciertamente refinado el hecho que este pueblo tan dominador mantenga una ley en apariencia tan humanista y que luego han hallado otras formas de malmeter, de infiltrar impostores para corromper pueblos, destruir su cultura, desorientarlos y mantenerlos en la ignorancia para que sean más manejables. La fábula antimperialista me parece evidente y bien cimentada, todo encajado en esa primera parte de travesía por el mundo salvaje y que culmina en la llegada de Falk a Es Toch y cómo tiene que luchar contra la falta de certezas, dirimir entre ilusiones qué es cierto y qué es falso. Ahí Le Guin también está fina, pues la actitud de estos shin se demuestra muy cortés y amable, por lo menos en su fachada, y en verdad consigue sumergirte en la duda de Falk. Ése podría ser el título alternativo de la novela: la duda de Falk. Una novela que expresa con acierto la incerteza a la hora de aprehender el mundo real y hasta qué punto es esforzado luchar contra la fuerza de las apariencias.
Una novela escrita con belleza y una prosa ágil y sensible, en absoluto sensiblera, pues cuando toca expresar la violencia la brutalidad es notoria. Así, puede ser vista como una novela juvenil de calidad, que posee sustancia para desmenuzarla y estudiarla con detenimiento, masticar con paciencia las ideas que se van diseminando a lo largo del relato.