Ptolomeo, el hijo de Lisímaco y de la reina Arsínoe, es uno de los personajes más misteriosos y apasionantes de la Antigüedad. Nieto de Ptolomeo Sóter, que estableció en Egipto una nueva dinastía faraónica de origen griego, fue educado desde pequeño por los sabios de Tracia en las ciencias ocultas, así como en las artes del escapismo, los disfraces y la imitación de sonidos. Esas enseñanzas le servirán para salvar la vida cuando su tío Ptolomeo Cerauno asesine a sus dos hermanos en presencia de su propia madre. Armado de valor e ingenio, Ptolomeo conseguirá liberar a su madre y tratará de llegar hasta Alejandría, donde otro de sus tíos ya es faraón bajo el nombre de Ptolomeo II. Pero el deseo de venganza por la muerte de sus dos hermanos no ha desaparecido entre tanto, y Ptolomeo tiene sobrados recursos para ejecutarla en el momento más inesperado.
La novela histórica es un género que me encanta, sobre todo si nos remontamos al periodo clásico. Para mí abrir una novela de este estilo es similar al abrir ventanas al pasado. Me siento protagonista y espectadora al mismo tiempo, y es muy, pero que muy difícil que el libro me aburra o que pase por mis manos sin pena ni gloria. Desgraciadamente, El mercader de Alejandría es la excepción que confirma la regla. No he disfrutado todo lo que cabría esperarse de una historia que prometía ahondar en la no muy conocida dinastía ptolemaica, llegando a aburrirme en muchas ocasiones.