Para satisfacción de todos y sorpresa de nadie, la opera prima de una titán de las letras como fue Ursula K. Le Guin no podía ser sino excelente. Hay fallos, por supuesto, pero los propios de la inexperiencia. Le Guin logra en su primera entrega del Ekumen, o ciclo de Hainish, encontrar el tono que la caracterizaría su obra fantástica, ese que le permitía narrar como si de una leyenda se tratara. Una capacidad fabuladora, de cuentacuentos itinerante, que comparte con otros rapsodas de la ciencia ficción como Cordwainer Smith o Angélica Gorodischer. Los defectos de El mundo de Rocannon no están en la escritura de Le Guin, solo en sus personajes, que quedan apenas esbozados en esta historia, cuando el desarrollo de la psicología de los mismos luego se convertiría en su sello de identidad. Pero, ¿de qué va El mundo de Rocannon y qué es, si es que es algo, ese Ciclo de Hainish?
Esta historia es una aventura clásica, sencilla, una que si no fuera por la aparición de naves espaciales y algo de tecnojerga podría aparecer en una recopilación de mitos imaginarios a lo Lord Dunsany -pero con menos bardos, reyes, sacerdotes y, por supuesto, sin dioses-. Estamos en un planeta recién descubierto por el Ekumen, una federación intergaláctica que representa a la totalidad de la vida humana en el universo cuya misión es contactar y estudiar sociedades inteligentes. En este planeta, un poco más pequeño que la Tierra y, por tanto, con menos gravedad, con una órbita de traslación tan excéntrica que hace que solo haya dos estaciones marcadas y de carácter anual, cohabitan en aparente armonía tres razas autóctonas: los señores angyar, altos, morenos y de cabellos dorados, que gobiernan en sus castillos; sus servidores olgyor, de piel clara y pelo oscuro; y los iluar, escindidos a su vez en dos subrazas, los subterráneos e industriosos gdemiar y los risueños habitantes de la superficie, los fiia. Como decía, todas estas razas conviven en armonía y son estudiadas desde cierta distancia por los etnólogos destinado al planeta por el Ekumen. De entre ellos destaca Rocannon, que entabla mayor amistad con los angyar y busca que haya una relativa concordia entre la liga y el mundo en que habitan, pues el Ekumen está en guerra contra una amenaza extraterrestre y exige recursos a cualquier nuevo planeta para sufragarla. Las consecuencias de este enfrentamiento terminaran por afectar al mundo, y Rocannon, tras quedar destruida su nave y ver morir sus compañeros expedicionarios, tendrá que unir fuerza con el heredero al señorio de Hallan, Mogien, para lograr hacerse con una nave espacial con la que poder contactar con el Ekumen.
Como os digo, una aventura clásica de espada y planeta con un escenario original contada con el ritmo y la frescura de un relato oral. Este aura legendaria nace, en parte, de la propia aplicación de la ley de Clarke, que dice que cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la ciencia, y el concepto vertebrador del ciclo de Hainish. Ursula K. Le Guin en el prólogo de su antología El cumpleaños del mundo nos confiesa que nunca concibió el Ekumen como una saga ex profeso, de ahí que en las distintas entregas que se ambientan en este universo no haya una línea temporal clara o aparezcan numerosas inexactitudes (por ejemplo, hay dos planetas, Werel, que se llaman igual aunque no comparten ninguna similitud). Me gusta como lo define ella: su universo es un ovillo que hubiera sacado un gatito para jugar con el, enrevesado y lleno de agujeros. Hablar de ciclo, por tanto, es más una conveniencia que una necesidad, aunque sí hay, como he dicho, un concepto que vertebra a todas las historias adscritas al universo ecuménico. Para empezar, su origen. Hubo un momento indeterminado en el pasado de este universo -en nuestro futuro- en que la humanidad abandonó la Tierra y se dispersó por toda la galaxia, colonizando en el proceso de expansión numerosos planetas. Un evento desconocido hizo que esta primera humanidad se fragmentara y quedara aislada en los distintos planetas descubiertos, sin posibilidad para comunicarse con el resto de planetas en busca de auxilio. Esta desintegración de la humanidad se prolongó durante siglos, obligando a los colonos a adaptarse a sus nuevos planetas y formar nuevas sociedades, sin posibilidad de utilizar o replicar la tecnología que los llevó a sus nuevos hogares y ahora cárceles. Este aislamiento provocó que, con el nacimiento de estas nuevas sociedades, nacieran mitos cosmogónicos y fundacionales que explicaran su origen y dieran sentido a su nueva realidad. El ciclo del Ekumen se ambienta luego de que los Hainish alcancen el punto tecnológico previo a la desintegración y vuelvan a poner en contacto a las humanidades dispersas en una nueva federación, el Ekumen, cuya misión es recoger y preservar el conocimiento de milenios de aislamiento.
Este eje vertebrador del ciclo de Hainish del que os he hablado sirve de excusa a Le Guin para desarrollar numerosos temas desde su disciplina, la antropología. En los mundos de Le Guin no hay dos humanidades iguales, todas han debido adaptarse a las condiciones de sus mundos, algunos benévolos y otros rigurosos. Algunas de estas sociedades pueden recordar a la nuestra o a otras sociedades pretéritas de nuestro planeta, y otras nos pueden resultar totalmente ajenas y extraterrestres. He ahí dónde reside la belleza de este ciclo, el sentido de la maravilla de la ciencia ficción de Le Guin, más mítica que prospectiva, más centrada en nosotros mismos, en nuestra historia y conciencia colectiva, que en nuestra inventiva y logros. Abrir un libro del ciclo de Hainish es abrir una ventana a otras posibilidades, a otros senderos que podríamos haber recorrido si los hechos contingentes que rigen la evolución de las especies hubieran sido otros. Una vez creado el marco social en el que se desarrollará la historia, Le Guin la puebla con sus personajes y los hace regirse por estas costumbres y normas, a veces subordinándose por completo a estas, en otras confrontándolas y, en algunos casos extremos, rebelándose contra este sistema. En ocasiones, el lector seguirá la perspectiva etnográfica de un funcionario del Ekumen, en otras seguiremos a miembros de estas sociedades extraterrestres. En esta novela ocurre lo primero, y sí es cierto que por su carácter primerizo no vamos a encontrar la profundidad y la carga sociológica, antropológica, filosófica y religiosa que caracterizará a obras posteriores del ciclo, como Los desposeídos o La mano izquierda de la oscuridad.
Como conclusión, no es ni de lejos la mejor historia de este ciclo, pero si es un excelente debut, una aventura muy entretenida por mundos imaginarios más fantásticos que científicos. Quizá guste más a aquellos amantes de la ciencia ficción más clásica y pulp, a aquellos que se les atragante las obras de ciencia ficción de Le Guin y disfruten más de su producción fantástica, como la saga de Terramar. Aún así, es muy recomendable.