Uno puede hacer el ejercicio de imaginarse a Jacques Le Goff rodeado de sus nietos, tratando de explicarles, de manera sencilla, de qué va su breve ensayo La vieja Europa y el mundo moderno, mientras estos asienten serios, como si les hubieran dado una misión importante. Bueno, el fondo, lo hicieron: el abuelo les acaba de aterrizar un texto complejo de manera que entiendan la importancia de lo que se están jugando.
Desde el punto de vista hermenéutico, tanto La vieja Europa... como Europa contada a los jóvenes se nos presentan bajo la misma lupa, el contenido es el mismo, de dónde, qué y hacia dónde van los europeos. Ambos libros tienen un relato mítico, épico, ambos utilizan el espacio. Ambos textos son un llamado de atención, dan pautas, pistas, como una búsqueda del tesoro desesperada por salvar a millones.
Pero resulta evidente la diferencia en lo heurístico, en la forma en que se maneja el contenido. Si bien es cierto la voz del narrador más epistemológico puede ser más fría, no por eso no tendrá momentos poéticos; pero es evidente la voz del investigador, riguroso, que ve la naturaleza de las largas duraciones, de las súper estructuras que regulan el quehacer humano.
Por otro lado, está el narrador cuentista, el que toma la voz de la confianza, el tono de lo coloquial, de la anécdota, del que intenta, como sea, ayudar a mejorar la vida de los que vienen. No es un habilidad menor para alguien a quien se le reconoce más bien por sus logros académicos, puesto que efectivamente hay un cambio notorio en la voz de la narración.
Habrá que ver si Europa, y el mundo, están dispuestos a poner atención a las palabras, independiente del tono que se utilice, el idioma en que se diga, o las veces que se repita. El mensaje es bastante claro.