Primera obra que leo de Ana María Matute y, a pesar de las muchas críticas que he visto (hacia los editores, no hacia la autora), creo que ha sido una buena manera de empezar.
Es una novela inacabada, y eso se nota: la trama, los personajes… están todavía en proceso de exploración. No podemos pedirle más, tampoco.
Lo que más me ha interesado de esta lectura —y esto, para una aprendiz de escritora, es una joya— es poder vislumbrar la semilla de lo que, después, podría haber sido mucho más grande. Cuando te enfrentas a una obra perfectamente acabada, a veces es como toparte con un muro altísimo del que no sabes por dónde empezar a picar para comprender su estructura. Aquí, en cambio, se ve. No me enamoro de ningún personaje, porque aún les falta historia, pero veo la base, la potencia, hasta dónde podrían llegar. Me asombra cómo Matute trabaja esas relaciones familiares llenas de silencios, de lo no dicho. Es verdad que en algunos momentos peca de contar más que de mostrar, pero también es cierto que, para poder mostrar bien, primero hay que saber cómo se contaría la historia.
Lo que más me ha gustado, y creo que está muy bien plasmado desde el principio, es la forma de retratar cómo las personas, en contextos atroces, hacemos lo posible por no mirar de frente el horror. Es algo inconsciente y absolutamente humano. Eva vive en plena guerra civil y convive con ella. En la novela misma se dice que lo peor está por llegar, pero ya se habla de disparos a su alrededor, de bombas que caen constantemente. Y, sin embargo, no se menciona el miedo. Se habla de la culpa que siente por enamorarse del hombre que le gusta a su amiga, de la sombra de su abuela, de cómo el bosque y el desván le recuerdan a su infancia.
Esto se contrapone a otras muchas novelas (u obras de ficción en general) de guerra donde de manera casi única se trata el conflicto. No creo que pueda ser. Las personas necesitamos escapar, aunque sea con la imaginación. De lo contrario, la existencia se hace imposible. Es el único elemento de la obra de Matute que, pese a estar inacabada, me parece perfectamente tratado.
En definitiva: si no le pongo la última estrella es precisamente porque no se publicó bajo el consentimiento de la autora, y verdaderamente no sabemos si ella lo habría consentido. Pero creo, de veras, que es una obra digna de ser leída y, si vamos más allá del “le falta mucho”, “no me ha llegado” (¿qué esperabas, si no está terminada?), se le puede extraer muchísimo valor.
Desde luego, empezar por aquí me ha animado a querer leer más de Matute. Si tanto puedo hablar de una obra a medias tintas, ¿cómo será leer una que ella misma ha pensado y rematado?