Hay libros que no se olvidan, que se quedan pegados en la memoria como un eco suave de la infancia. Nuestras sombras, de la escritora chilena María Teresa Budge, es uno de esos. Publicado en 1940 y leído por generaciones de escolares, sigue latiendo con fuerza en mi corazón porque logra algo que pocos libros consiguen: emocionarme siempre, sin importar la edad que tenga.
Aquí conocemos a Patricia, una niña inquieta y chispeante que ve su mundo transformarse cuando sus padres se separan. Obligada a dejar a su hermana Nora, llega a vivir a Olmué bajo el cuidado de la estricta tía Melania y su inseparable Eduvigis. Con humor, ternura y desobediencia, Patricia va descubriendo que la vida no siempre es justa, pero que incluso en medio de la tristeza hay espacio para la risa, la amistad y la esperanza. Su diario íntimo se convierte en refugio donde vuelca travesuras, pensamientos y confesiones que aún conmueven.
Lo entrañable de esta novela no solo está en la historia, sino en los detalles, el olor de los perales, las cocinas con braseros, los viajes en tren, la vida de provincia que Budge retrata con sencillez y hondura.Es literatura costumbrista, pero también un canto a lo universal, la familia, la pérdida, el crecimiento, la necesidad de sentirse amado. Muchos lo comparan con Ana de las Tejas Verdes, y creo que es un buen paralelo, porque ambos nos recuerdan que lo cotidiano puede ser extraordinario.
Leerlo de niño es abrir una ventana a la inocencia; leerlo de adulto es reencontrarse con lo que fuimos. Nuestras sombras emociona, hace reír y duele en el pecho, porque sus páginas son un espejo de lo que significa crecer. Lo recomiendo con el corazón. Es un clásico chileno que vale la pena volver a abrazar, porque leerlo es como volver a casa. Es orbitar el hogar.
iTiene un libro que hayas leído muchas veces? ¿Seguro que te haya marcado profundamente?
@lafacu_de_jatar