Recuerdo que hace muchos años, cuando estaba en el pregrado, mi profesor de Historia de Colombia VI solía recomendar con vehemencia este libro: que era la mejor obra para entender a Gaitán, el clima político de la época, el Bogotazo y las consecuencias de su muerte. No se equivocaba el maestro en su apreciación, quien, por lo demás, nos hizo leer un par de capítulos del texto. Corría el año 2004 y el abordar el tema de Gaitán generaba muchas expectativas en los que veíamos el curso. Al final, seguíamos preguntándonos cómo podría haber sido el devenir de Colombia si Gaitán no hubiera sido asesinado y hubiera alcanzado la presidencia. Sin duda, con este ejercicio inocente de historia contrafactual, nos sintonizábamos con varias generaciones que se habían preguntado lo mismo. Y también nos conectaba con esa masa anónima proveniente de las clases medias y populares, que depositó su fe en él y que hizo sentir su ira como nunca antes había ocurrido en el país y en Bogotá, particularmente, tras conocer el vil asesinato del caudillo.
Para muchos colombianos, la muerte de Jorge Eliécer Gaitán significó el entierro de la única oportunidad de un verdadero cambio en la política del país. Juzgaron que fue la única ocasión que tuvo Colombia para virar hacia un gobierno que realmente se preocupara por mejorar las condiciones sociales y económicas de sus ciudadanos, en particular de los más desfavorecidos, que eran y siguen siendo gran parte de la población colombiana. Sin lugar a dudas, es un hecho que está en la memoria de muchísimos connacionales, incluso de aquellos que lo vilipendiaron.
Qué cliché puede ser escribir en abril una reseña sobre un libro que trata del magnicidio. No lo planeé en principio, puesto que esperaba haber acabado el libro hace más de dos semana y dar a conocer mis comentarios inmediatamente. Pero, como era de esperarse, me tardé más de lo previsto en la lectura y más en la redacción, por lo que terminé en pleno abril escribiendo sobre este libro. Con todo, hay algo de orgullo y ha sido el hecho de que logré saldar una vieja deuda, que consistía en por fin leerme enteramente esta obra y lograr una mejor comprensión de Gaitán y el gaitanismo.
La primera edición en español de esta investigación se publicó en 1987. En inglés había aparecido dos años antes. Era la transformación en libro de la tesis doctoral que Herbert Brown presentó para titularse como doctor en historia en la Universidad de Wisconsin. Como buen libro de historia, el lector se topará con una buena cantidad de citas a pie de página que remiten a sus fuentes. Mas esta condición no debería desanimar a los lectores que no practiquen la disciplina. La prosa de Braun es clara y las citas aluden, las más de las veces, a señalar con precisión los documentos de archivos, los periódicos, las entrevistas y los libros de donde extrajo la información con la que sustenta sus afirmaciones. Sin embargo, este detalle no es menos, puesto que pone sobre la mesa el hecho de que el texto de Braun ha sido una investigación rigurosa, nutrida de los testimonios de aquellos que vivieron los acontecimientos y que venían de las posiciones políticas más diversas, como fueron los fanáticos gaitanistas o los conservadores más recalcitrantes.
Ahora bien, la obra está dividida en tres partes, finamente articuladas. En la primera, Braun ofrece un panorama de la política de los años treinta y cuarenta. Aquella forma de gobernar, de espaldas a las masas, en pro de las élites, será la que Gaitán criticará. La segunda parte, más biográfica, nos lleva por la vida del político. Primero, desde su infancia hasta sus estudios en Italia; luego, los inicios en la política dentro del partido liberal, su corto período como alcalde Bogotá, a la par que su flamante carrera como abogado. Sin embargo, lo más interesante de esta sección, o la que más llamó mi atención, es la manera en que Braun reconstruyó la forma en que Gaitán fue constituyendo su pensamiento que luego será su plataforma política. En particular, su análisis de la obra de Gaitán, "Las ideas socialistas en Colombia", nos muestra a un político que, de hecho, no era realmente un socialista en el sentido marxista. Su apuesta era muy distinta, puesto que creía firmemente en la propiedad privada, en una sociedad de pequeños propietarios. De allí que no fuera la clase obrera sindicalizada, la más politizada, la que lo secundara. En lo que sí era muy crítico era en la manera en que el capitalismo generaba cada vez condiciones más adversas para los trabajadores. La tercera sección, por su parte, se centra en el Bogotazo como tal, en la reacción de esa población que por unas horas perdió a su líder y que desfogó su ira contra lo más chocante del gobierno de turno: las oficinas y ministerios donde regularmente todos lo ciudadanos hacían trámites a la par de que desdeñados.
Del libro se extraen cosas valiosas. Tal vez, la primera, la cercanía que a finales de los años treinta e inicios de los cuarenta tuvieron los conservadores del ala más cercana al fascismo con Gaitán. Al final, eran los excluidos de la política de un gobierno liberal, que si bien había logrado avances en modernizar al país, también sucumbía ante la corrupción y la exclusión de las masas del juego político. Por otro lado, lo incómodo que siempre fue Gaitán para el liberalismo, aún cuando su caudal electoral crecía y crecía, lo cual hacía parte de esa actitud que las élites políticas había asumido frente a las clases populares: brutas, ignorantes, sucias, de las cuales no se podía esperar nada, pero que tampoco se hacía algo por ellas, realmente. Finalmente, el recurso que se usó para acusar a los comunistas, con auspicio del extranjero, de que fueron los que incendiaron la atmósfera luego del crimen. Recurso retórico que sigue usándose y en el que sigue cayendo la gente
Tal vez lo más loable de todo el libre es que no cae en teorías conspirativas. Muestra un espectro amplio de la animadversión que generaba Gaitán en las élites políticas, mas no señala ningún culpable por falta de evidencia. Incluso, Roa, el asesino, está allí reseñado, puesto en su contexto.
Mención aparte y dato interesante: Gaitán incorporó el porro, el género musical, como parte de su parafernalia política. El hecho lo diferenció notablemente de los cuadros más altos de los partidos, quienes ni siquiera conocían el género por el sinnúmero de prejuicios frente a las músicas populares. Asimismo, qué sugestivas descripciones y análisis de la manera en que Gaitán logró su oratoria, probablemente, su mayor virtud como político.
Por cierto, este 9 de abril pasado vi muy poco sobre Gaitán en los medios. Cada vez se acalla más. Cada vez la élite política se encumbra más mientras que los gobernados pasamos a ser simples receptores de sus designios.