A fines de 1925 Pellicer (1899-1977) consigue una beca "para estudiar los museos de Europa" y un pasaje regalado por José Ingenieros. Vive en París pero viaja por Italia, Grecia y el Medio Oriente. Con la indisciplina proverbial del trópico, sus ojos, sus sentidos todos comprenden cuanto se refiere a su disfrute. Hora y 20, otro título de humor cubista, cosecha los poemas de la primera mitad de su estancia europea.
Carlos Pellicer fue un escritor, poeta, museólogo y político mexicano.
Como poeta, perteneció a una generación de intelectuales mexicanos que adoptaron el nombre de Los contemporáneos. Corresponde a éstos haber aportado, desde Latinoamérica, un estilo literario de vanguardia. Este hecho adquiere mayor importancia si se tiene en cuenta que México ha adoptado con facilidad influencias extranjeras. En ese sentido, Pellicer no fue sólo un gran poeta, también fue un innovador.
Existe en Hora y 20 el aire cosmopolita del "poeta de mundo". Este mismo aire dió aliento décadas después a grandes autores como José Carlos Becerra, Hugo Gutiérrez Vega y Miguel Ángel Flores. Imposible ignorar los paisajes occidentales presentes a cada momento.
Sin embargo, lo que verdaderamente he disfrutado de este libro de Pellicer es su trato de la imagen, coqueta con la vanguardia, y siempre nítida y brillante. los poemas de Estudio fueron los que más me agradaron por esto mismo.
No soy demasiado entusiasta con la literatura de viaje. Fundamentalmente porque lo que hace por lo general es ser una literatura paisajista. Y ya sabemos que eso del paysage es descendiente directo de un género pictórico (que empezó allá en el s. XIX, haciendo pinturitas para rellenar las superficies de los abanicos de las señoras y que sólo después saltó al lienzo). De nuevo, cosas que no tienen demasiado que ver con el lenguaje. Y aún más, cosas que tienen una mirada sesgada de las cosas. Mirada de turista, de espectador, de diletante.
Hora y 20, aunque es un libro que comienza como literatura de viaje, consigue ir más allá de eso, afortunadamente. En escasas 80 páginas consigue desplegar amplia generosidad. Había leído alguna antología de Pellicer antes, pero ahora me voy por sus poemarios. He encontrado auténticas perlas en estas páginas. Independientemente de las imágenes que maneja, siempre cristalinas y coloridas, lo que más me gusta es encontrar poemas que todavía se pueden recitar en voz alta sin parecer un pelmazo o un pedante. Como este "Estudio" dedicado a Tablada:
El corazón nutrido de luceros ha de escuchar un día el signo musical y el ritmo eternos.
Y el ojo que endulzó lágrima pura ha de mirar un día el agua danzarina de la gracia desnuda.
Sobre el labio de orilla bulliciosa ha de caer un día la voz de una palabra portentosa.
El sinfónico oído de colores ha de escuchar un día la melodía de otros horizontes.
La mano que tocó todas las cosas ha de tocar un día proporciones sutiles, sombreas de alas gozosas.
El brillo de la angustia sobre el alma ha de tornarse un día en mirada divina y gozo sin palabras.
Odas mediterráneas, elegías a Bolívar, mitologías náhuatl y griega fundida en este librito. Hay otros poemas no tal logrados, experimentaciones que llaman de vanguardias y hoy se antojan tan "vanguardistas" como la linterna mágica o el kinetoscópio. Pero en general es un libro cristalino y redondo. Claro como un foco y redondo como un anillo, decía el maestro. Sólido y de apacible lectura, sin duda.
La edición, tengo entendido, que es un facsímil en toda regla de la antigua colección Tezontle del FCE y la encuentro más accesible, más digerible que las ediciones actuales de Letras mexicanas que suelen hacer un derroche de papel y tipográfico sin demasiado sentido, supongo que en el malogrado intento de dar valor al libro más por el papel que por el contenido. En cambio, esta edición es compacta y muy bien hecha, justo lo que se necesita.