Si Samanta Schweblin hubiese escrito Caperucita Roja, la narradora sería la propia Caperucita, ya de adulta. Hacia el principio, Caperucita haría referencia a "lo que pasó con la abuela" y, por un cierto tono de familiaridad gélida con la desgracia, los lectores sospecharíamos que nada bueno le debió de pasar a la abuela y que toda la existencia de Caperucita está marcada por ese hecho de un modo que tendremos que dilucidar a partir su relato.
Caperucita nos contaría que un día, de pequeña, fue a visitar a su abuela a la urbanización privada de la periferia donde la anciana había decidido retirarse. Su madre, que se llevaba mal con la abuela por motivos no demasiado claros, había dejado a Caperucita en la entrada de la urbanización y le había dicho que pasaría a recogerla más tarde, cuando terminase las compras en el centro comercial de la zona.
De camino a la casa de la abuela, en una de las solitarias calles de la urbanización, Caperucita se habría topado cara a cara con un perro callejero enorme. Más que miedo (aunque también miedo), Caperucita habría sentido curiosidad, como si intuyese que el perro callejero enorme tenía algo importante que decirle. Pero el perro callejero enorme se había dado la vuelta sin decir nada hasta perderse de vista en una de las parcelas.
Ya en la casa, Caperucita encuentra a su abuela más torpe de lo habitual: se despista, divaga, deja las frases a medias, olvida lo que estaba haciendo, se le cae un plato. Caperucita siente lástima, no entiende por qué su abuela vive sola en un sitio tan apartado, y aborda el tema de la relación entre la abuela y la madre. Qué pasó entre ellas. La abuela hace dos o tres alusiones oscuras, difícilmente inteligibles, pero que dejan entrever que se arrepiente de algo. Menciona un muñequito con forma de conejo que le gustaba a la madre.
Y entonces ocurre: la abuela tiene un accidente doméstico. Se cae de una silla mientras busca en lo alto de un armario una caja llena de recuerdos.
La abuela le pide a Caperucita que avise a un vecino, Caperucita sale a la calle corriendo y justo en la entrada de la parcela ecuentra al perro callejero enorme mirando fijamente hacia la casa como si supiese que está tocada por la adversidad. Caperucita pasa al lado del animal temerosa, corre a la casa del vecino y llama al timbre. El vecino tarda pero finalmente abre, se hace cargo de la situación, acompaña a Caperucita —el perro callejero enorme ya no está— y entra en la casa de la abuela.
Caperucita se queda fuera, tiene miedo de entrar. Mientras espera allí indecisa, el perro callejero enorme sale de la casa de la abuela. Lleva algo entre las fauces, no se alcanza a ver qué es. Mira a Caperucita, baja la cabeza como si la saludase y desaparece en la oscuridad llevándose lo que sea que lleve entre las fauces. Por el mismo sitio por donde desaparece el perro, aparece de pronto la madre de Caperucita, lleva en las manos un muñequito con forma de conejo, en la cara un gesto de sorpresa y triunfo. Esa noche la abuela muere en el hospital.
En realidad, Schweblin ya ha escrito su propia versión de Caperucita y he de decir que es mucho mejor que esta. Trata de una niña que se encuentra con un amable desconocido y pasa algo con unas braguitas. No está en este libro sino en Siete casas vacías.
En este libro los cuentos se parecen demasiado entre sí. En todos hay un accidente que supone una gran pérdida y el dolor se transfiere a otra cosa diferente, en paralelo, a veces de un modo que tiene algo de sanador.
Mi mayor pega no es que Schweblin tenga siempre una temática, un estilo y un tono muy iguales a sí mismos. Mi mayor pega son las actitudes y los pensamientos de sus personajes, tan propios de una literatura autoconsciente que se señala a sí misma como literatura de calidad.
Mi problema son esas cabezas siempre tan llenas de pájaros.