Barcelona, a las puertas del Mundial de Sudáfrica. Pista, Retaco, Peludo y Chusmari viven en la Zona Franca. Tienen entre quince y dieciséis años, estudian 4.º de la ESO y resuelven sus preguntas existenciales con porros, mucha música, novias, algo de sexo, bastantes cervezas y el fútbol como metáfora, aprendizaje, combate y sueño. Viven en ese entorno físico, urbano y social de la periferia barcelonesa cuyo horizonte no es otro que el de las expectativas defraudadas. Y tratan de meterle un gol a la realidad. Sus padres y madres sobreviven como pueden: friegan casas, conducen autobuses, trabajan en una peluquería o venden ropa en los mercadillos. Son esas gentes, esa inmensa minoría, que salen poco en los periódicos y para los que la crisis es un llover sobre mojado. Luego los adolescentes crecen, es decir, unos aprenden a ser peores y otros tratan de que las desgracias no les aplasten.
La inmensa minoría viene a sumarse a esa magistral estirpe de extraordinarias novelas en las que Barcelona es paisaje, tiempo, luz, sombra, color y espacio: Los atracadores de Tomás Salvador, Han matado a un hombre, han roto un paisaje de Francisco Candel, La plaça del Diamant de Mercè Rodoreda, Las afueras de Luis Goytisolo, Si te dicen que caí de Juan Marsé o El día del Watusi de Francisco Casavella.
Hay libros libros en los que disfrutas con el argumento, que cuentan, que aportan, que te guarda la siguiente pagina que no esperabas. Y hay otro tipo de libros en los que no pasa gran cosa, cuentan situaciones que te son familiares-mas o menos cercanas- en las que te ves reflejado de alguna manera. Como si lo que cuentan tu lo hubieras vivido o lo hubieras podido vivir. “La inmensa minoría” cae dentro de esta segunda categoría. Es una crónica de la vida y andanzas de cuatro amigos -Pista, Chusmari, Peludo y Retaco- de un suburbio de Barcelona alrededor del año 2010. Cuenta de una manera muy directa, muy clara su afición al fútbol, sus partidos, su tiempo libre, sus familias, sus novias, sus vecinos, etcétera. Yo no nací 1990 en ese barrio de Barcelona, pero muchas o todas las referencias temporales del libro me son cercanas. Es por eso que el libro me gustó tanto. Por momentos me recordó a “Las leyes de la frontera” de Cercas y a “El día de Watusi” de Casavella, dos autores y dos libros por los que siento devoción. Dioramas maravillosos de la juventud de mi generación.
Me han gustado mucho las tres primeras partes por el lenguaje que utiliza de música (omnipresente Robe), de futbol...y el ritmo que tiene la historia pero me ha decepcionado el final. No esperaba el giro político que da en la cuarta parte, porque parece que todo lo anterior ha sido un aperitivo para servir el discurso político que aborda al final. En fin: un libro que hubiera estado muy bien leer en el año en que salió, cuando todavía "Podemos" no se había convertido en el partido de contradicciones que estamos viendo en los últimos tiempos. De ahí darle sólo tres estrellas.
Como ya hiciera con Fuera de juego, Miguel Ángel Ortiz usa el fútbol como tema vertebrador de su segunda novela, recurriendo al deporte rey como metáfora de la vida. El escenario es la Zona Franca, un barrio humilde de la periferia de Barcelona, y sus protagonistas, unos chavales que juegan en el Iberia y que se apoyan en el fútbol para tirar adelante.
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Un libro muy sencillo en su planteamiento, pero con unos personajes que te acaban llegando al corazón por su realismo y el saber hacer del autor para hilar el día a día de cada uno de ellos. Te hace pensar en dónde estabas mientras ocurrían los hechos que transcurren en el libro
Me ha encantado el recurso que utiliza el autor de ir intercalando letras de Extremoduro a lo largo del libro. Pero claro, también hay que decir que soy un gran admirador de Robe. Al margen de esto la historia me ha parecido floja, quizás orientada a un publico más juvenil y demasiado extensa para lo que cuenta.