¿Alguna vez has sentido que un recuerdo te salta encima con la violencia de un gato callejero?
No te acaricia, no te avisa: te muerde. Pues así son muchos de los cuentos de Final del juego, ese compendio de pequeñas emboscadas narrativas que Cortázar nos dejó en 1956 como quien deja un mapa con trampas, bifurcaciones y puertas secretas. Este es un libro que se debe pisar con cuidado, como si uno caminara por un terreno que parece firme hasta que de pronto se abre un hueco bajo tus pies y caes en otra realidad. O en la misma, pero deformada, como si alguien hubiera movido apenas el ángulo de visión. Ahí es donde empieza la magia.
El libro reúne dieciocho relatos, algunos más realistas, otros con ese gusto de Cortázar por lo inquietante, lo lúdico, lo absurdo y lo poético. Aquí no hay una línea recta. Hay estaciones, hay desvíos, hay piezas que no encajan del todo… hasta que de repente encajan demasiado. Y aunque no hay un hilo argumental que los una, sí hay un espíritu común: la extrañeza de lo cotidiano, la infancia como zona de combate, la imposibilidad de comunicarse con los otros y con uno mismo, la huida como forma de estar en el mundo.
Y ahora, vamos a lo importante. Porque si hablamos de cuentos, hay que meterse en la piel de algunos de ellos para entender por qué este libro sigue zumbando en la cabeza de tanta gente.
Continuidad de los parques es una trampa perfecta. Dos páginas. Eso es todo lo que necesita Cortázar para demostrarte que estás completamente a su merced. Aquí hay un hombre que se sienta a leer una novela —nada raro— y, sin darse cuenta, acaba dentro de la historia. Literalmente. Es metaliteratura, sí, pero no de esa que se regodea en su propia inteligencia; aquí todo funciona con una precisión quirúrgica y un final que te obliga a releer la última frase con los ojos desencajados. ¿Qué ha pasado? ¿Quién leía a quién? Da igual: ya has caído en la trampa y no hay salida. Solo te queda aplaudir.
Tras esta experiencia metanarrativa, No se culpe a nadie nos lleva a una angustia más tangible, casi corporal, que, aunque no es tan sutil como el juego en Continuidad de los parques, resulta igualmente eficaz. El cuento va directamente al grano, nos agarra por la garganta sin previo aviso y nos hace sudar, casi literal y metafóricamente. Este cuento es la demostración de que la ansiedad puede meterse por la manga de un suéter. No es una metáfora: el cuento va exactamente de eso. Un hombre intenta ponerse un jersey y no puede. Se enreda, se ahoga, se desespera. ¿Es absurdo? Sí. ¿Es brillante? También. Cortázar convierte un gesto cotidiano en una escena de terror existencial. Hay angustia, claustrofobia y una sensación tan real de estar atrapado que acabas sudando como si tú también estuvieras forcejeando con la ropa. Un cuento breve, asfixiante y certero como una bofetada en plena cara.
De la angustia visceral, Cortázar pasa a algo completamente diferente con Los venenos, un cuento que nos lleva a la niñez, pero no a esa idealizada de anuncios de colonia, sino a la real, con sus luces y sombras. Un chaval de Banfield se emociona con la llegada de una máquina para exterminar hormigas, cortesía del tío Carlos. Todo es juego y fascinación hasta que aparece el primo Hugo, ese pariente que, sin querer, se convierte en el centro de atención, especialmente para Lila, la vecina que hasta entonces compartía juegos y confidencias con nuestro protagonista. Los celos infantiles, esa sensación punzante y a la vez incomprensible, se cuelan entre las rendijas de la historia. Y Cortázar, con su maestría habitual, nos muestra cómo el veneno más peligroso no es el que se destina a las hormigas, sino el que se instala en el corazón de un niño que descubre que el mundo de los afectos es más complejo de lo que parecía.
La puerta condenada es otro tipo de perturbación. Esta vez no se trata de la disonancia emocional o psicológica, sino de lo inquietante en su forma más sutil, casi invisible. Aquí, un hombre se enfrenta a algo más que un simple hotel vacío; es un lugar donde las cosas se escurren fuera de la lógica. Este es uno de esos cuentos que te dejan con la ceja levantada y el café frío. Un tipo cualquiera —ni héroe ni villano, solo alguien que va por ahí con su traje y su maletín— se instala en un hotel en Montevideo y de pronto empieza a escuchar el llanto de un niño al otro lado de una puerta que, supuestamente, no da a ninguna habitación. Una puerta condenada. No hay niños en el hotel, le dicen. Y sin embargo… el llanto no para. Aquí Cortázar no grita "¡fantasma!" ni falta que hace. Le basta con sugerir, con jugar al "quizá" y dejarte a ti la paranoia. El horror no viene de lo sobrenatural, sino de la imposibilidad de confirmar si eso que sientes es real o pura sugestión. Como cuando oyes un ruido en casa y te convences de que no es nada… hasta que ya no puedes dormir. Ese es el golpe: sutil, psicológico, elegante. Un cuento que te entra como quien no quiere la cosa y se queda ahí, agazapado, como el llanto ese detrás de la puerta.
Las ménades, por otro lado, empieza como una crónica de concierto —qué bien, música clásica, cultura, civilización— y acaba en una escena que parece sacada de una orgía bacanal con sangre y gritos. Lo fascinante es cómo Cortázar manipula la percepción: pasamos de la estética del arte al caos primitivo sin que el narrador pierda su tono tranquilo, casi académico. El lector asiste al derrumbe sin saber en qué momento exacto empezó todo a pudrirse. ¿La música eleva o destruye? ¿Qué es peor: dejarse arrastrar o mirar sin intervenir? Preguntas incómodas para un cuento incómodo. Y por eso mismo, imprescindible.
De un relato caótico pasamos a Torito, uno de mis favoritos, que es todo lo contrario. Nada de fantasmas, aquí lo que hay es carne, hueso y una voz que sangra. Un monólogo directo, seco, con acento del barrio, de los que huelen a sudor, a linimento y a derrota, en el que un boxeador —el mítico Torito de Mataderos— recuerda sus años de gloria mientras se pudre en una cama de hospital. No hay compasión ni autocompasión: hay verdad. La grandeza rota, el cuerpo traicionado, la fama que no sirve de escudo cuando el cuerpo se desmorona. Cortázar no escribe este cuento con la cabeza, lo escribe con los nudillos. Y lo hace sin condescendencia, sin edulcorar nada. Torito es puro callejón emocional: entras sabiendo que vas a salir magullado. Y aun así, lo lees con la certeza de que ahí, en esa voz que se apaga, hay más humanidad que en cien discursos sobre la vida y la muerte. ¿Ves por qué este libro te pega en sitios donde no sabías que te podían doler?
De la brutalidad y el peso de la vida en Torito pasamos a otro relato donde el mundo de los sueños se cuela, esta vez en Relato con un fondo de agua. Aquí, Cortázar nos sumerge en la delgada línea entre lo onírico y lo real. El narrador, en una conversación unidireccional con su amigo Mauricio, le relata un sueño inquietante que tuvo tiempo atrás: una noche en el Delta, la luna reflejada en el río y la aparición de un cadáver flotando que, al acercarse, revela un rostro familiar. Lo perturbador es que este sueño parece tener ecos en la vigilia, sugiriendo que las fronteras entre lo onírico y lo real son más porosas de lo que nos gustaría admitir. Cortázar juega magistralmente con la atmósfera, creando una sensación de inquietud que se va intensificando hasta el desenlace. Es un relato que nos recuerda que, a veces, nuestros propios fantasmas nos alcanzan incluso en los lugares más apacibles.
De esa inquietud onírica en el Delta, nos trasladamos a París, a Axolotl, que, aunque aparentemente inofensivo, nos atrapa desde el fondo de una pecera. Un tipo va al acuario de París, se obsesiona con unos ajolotes, empieza a mirarlos y a pensarlos… hasta que ya no está mirando desde fuera, sino desde dentro. ¿Mutación? ¿Metáfora? ¿Locura? Quién sabe. Cortázar escribe con la calma del científico y el vértigo del filósofo. Hay ecos de Kafka, sí, pero también algo profundamente original: una inquietud serena, como si el narrador no se quejara de haber perdido su humanidad. Como si, en el fondo, hubiera encontrado algo más puro al convertirse en animal. O al rendirse. Un cuento que no se lee, se habita.
Y de ahí pasamos a La noche boca arriba, otra historia que es más para vivir que para explicar. Pero si hay que decir algo, digamos esto: hay un accidente de moto y hay un ritual azteca. Dos mundos. Uno moderno, uno ancestral. Y un personaje que los habita a ambos, sin saber del todo en cuál está. El relato se mueve como un sueño febril, elegante y cruel, hasta que llega el golpe: ese final que te da la vuelta como un calcetín y te deja pensando si todo lo que creías seguro no era más que un espejismo. El sueño era otro, amigo. Y tú, sin darte cuenta, estabas con la cabeza boca abajo desde el principio.
Y para cerrar la colección, el que da título al libro, Final del juego, que es un cuento tan suave que duele. Tres niñas juegan en la vía del tren a representar poses teatrales para los pasajeros. Un día, un chico empieza a saludarlas desde su ventanilla. Hasta aquí, todo inocente. Pero Cortázar no escribe para tranquilizarte. Aquí la infancia es un campo de minas disfrazado de jardín. Hay ternura, sí, pero también una conciencia brutal del cuerpo, del juicio ajeno, de la transformación que llega cuando alguien te mira con otros ojos. El cuento va deslizando su veneno en silencio, hasta que lo último que lees no es un golpe, sino una herida muy pequeña y muy honda. Un final perfecto. Pero no en el sentido feliz. En el otro.
Si después de estos cuentos sigues pensando que el realismo es lo que pasa cuando dos personas se pelean por una herencia, quizá Cortázar no sea para ti. Pero si te gustan los cuentos que te desorientan, que te hacen dudar de lo que ves, que juegan contigo y luego te dejan con el corazón en la mano sin pedirte permiso… entonces sí: Final del juego es una fiesta rara, bella y desquiciante a la que te vas a querer colar una y otra vez.
Y gran parte de esa magia está en la voz. En cómo escribe Cortázar. Su prosa no busca deslumbrar, y precisamente por eso desarma. Es directa, con una musicalidad que no hace ruido, con frases que parecen sencillas hasta que las relees y te das cuenta de que llevan una carga filosófica o emocional brutal. En Final del juego ya se percibe el ritmo oral que dominará en Rayuela, esa forma tan suya de escribir como si pensara en voz alta, de abrir paréntesis dentro de otros paréntesis, de jugar con el lenguaje sin convertirlo en un capricho estético. El narrador, en muchos de los cuentos, es una voz íntima, cercana, que parece hablarte desde un banco del parque o desde el asiento de al lado en un tren. Esa cercanía hace que cuando las cosas se tuercen —porque se tuercen— te pillen sin defensas. Y esa cercanía no solo está en la voz, también en los que la habitan.
Porque los personajes de Final del juego comparten algo difícil de definir: una especie de ternura melancólica que los atraviesa a todos. Algunos son niños o adolescentes, o adultos con una nostalgia a cuestas que no saben manejar. Otros están completamente desubicados, atrapados en realidades que no entienden o que se resisten a aceptar. Nadie en este libro parece estar del todo en paz, pero tampoco en guerra abierta. Más bien flotan, como los axolotl en su pecera, mirando con ojos inmóviles mientras el mundo gira sin ellos.
Viendo todo eso, es fácil entender por qué Final del juego marca un punto de madurez en la obra de Cortázar. Comparado con otros libros del autor, es menos rompedor que Rayuela, claro, pero quizá más depurado que Bestiario. Es como si aquí Cortázar encontrara ya su voz definitiva, esa mezcla de lirismo y extrañeza, de ternura y desasosiego. A ratos parece que uno estuviera leyendo a un Borges con menos solemnidad y más corazón. O a un Kafka con mate y jazz.
Esa mezcla de lirismo y extrañeza recorre todo el libro y sostiene muchos de sus temas: la infancia como un territorio ambiguo y lleno de reglas propias, el cuerpo como límite y trampa, el tiempo que se deforma, el lenguaje como cárcel o como pasadizo, la identidad como algo resbaladizo. Y por encima de todo, esa sensación de que la realidad es solo una versión más o menos aceptada de la locura.
Leer Final del juego no es solo leer cuentos. Es entrar en un sistema de pasadizos, espejos rotos y cajas chinas donde cada historia te lleva a una grieta distinta. Algunas grietas son dulces, otras filosas, pero todas te obligan a mirar desde otro ángulo. Y eso, en los tiempos que corren, es un lujo.
Así que, si alguna vez has sentido que hay algo raro en lo cotidiano, que los axolotl te observan más de la cuenta o que un recuerdo de infancia puede tener filo, este libro es para ti. Solo asegúrate de cerrarlo bien después de leerlo. No vaya a ser que lo que vive dentro se te quede dando vueltas en la cabeza. O peor: que te cambie.