Es una narración de la conquista contada por un mexicano que escribe su propia historia (no se la escriben), y sin rechazar los abusos que se cometieron en la colonización española y que pueden y deben ser condenados, narra realidades incómodas: la realidad de las civilizaciones que había antes de la llegada de los españoles, muy duras con sus habitantes como los aztecas, incomunicadas entre sí y sin conciencia de ser un continente, y compara además la colonización española con otras como la británica o francesa, que, alejada de leyendas negras, estuvo marcada por una mayor bondad (lo que no quiere decir que haya que verla desde una perspectiva paternalista ni como algo benévolo hacia un pueblo incivilizado, una lectura muy propia de los peores tiempos de la opresión) que se plasma en las Leyes de burgos o de Indias, gracias a dos elementos como fueron el cristianismo y el mestizaje frente al segregacionismo. En Latinoamérica cedieron civilizaciones como lo hicieron los celtas o los persas contra romanos y estos en Bizancio contra los turcos otomanos, no se puede narrar la historia sin sentido histórico. Cuestiones como la lengua a través de la gramática de Nebrija, los hospitales, la religion y la educación son analizadas como lazos que mueven el concepto de hispanidad. Maravillosa la idea de que las naciones latinoamericanas no pueden sentirse unidas por venir de civilizaciones que se desconocían y que es la hispanidad lo que les dio un verdadero lazo común.