Es este librito un librito que se yergue sobre los antepasados, sobre lo que no hay escrito pero podemos experimentar con nuestros familiares. Nuestras abuelas y bisabuelas, nuestros abuelos y nuestros bisabuelos. Ellos aquí toman la palabra a través de Yordanka, que como un recogedor, recoge los dichos, lo que se transmite, las habladurías y las pequeños cuentos que nos contaban nuestros ancestros. Yordanka recoge así un hacer el pan y ofrecer el amor, un recoger arándanos para el ajuar y un saber que no hay principio sin final y no hay final sin principio. Con estos cuentitos, relatos de una Bulgaria que apenas puede verse hoy en día, la autora nos ofrece todo un sin fin de emociones diversas en cuanto a lo que su cultura nos da. Hay una especie de folklore tradicional, de tradición oral aquí, de lo que es trasmitido por nuestras abuelas a nosotras, las nietas. Me gusta, me gusta mucho este librito que se entrecruza con nuestros deseos y nuestros sueños, con nuestro pasado y lo que querríamos que fuera el mundo ahora. Hay una cotidianidad, un regular de las cosas en estas palabras, como si el mundo fuera y estuviera hecho por esos pequeños momentos cotidianos. Hay poesía en este libro, muchísima, aun no tratándose de un libro de poesía, pero cómo se nota que la autora la escribe (y que espero leer algún día). Los detalles de los que nos habla se tejen como urdimbres en el espacio, forman unas redes entre lo que fue y lo que es. Me gusta ese aire mortecino que tenían nuestras abuelas pero a la vez tan profundamente humano, como si la muerte, aunque la estuvieran esperando, ya la conociesen. El abuelo por ejemplo retira los espejos tras la muerte de la abuela, se hace pan y se van a recoger arándanos para venderlos y poder hacer un ajuar. Es como si todo lo que hablasen aquí aún no hubiera llegado, pero, sin embargo, todo se ha hecho y se ha dicho. “¿Sigue la lluvia? [...] Le respondí enseguida: es eterna”. Y en esta frase se resume el libro, como una metáfora que habla por nuestros abuelos y habla por nosotros. Sigue, la lluvia sigue, como las lágrimas que caen sobre los muertos, sobre nuestras caritas infantiles mientras estamos en el colegio. Hay ecos de eternidad en este libro, de sabiduría, y la lluvia sigue y sigue y sigue sin esperar, es, ya lo dicen en el libro: eterna. Hay juegos de palabras como hay juegos de vida, la vida es ese juego que tenemos que jugar sí o sí. Querríamos tejer una urdimbre de sensaciones, pero de sensaciones suaves como las de este libro. Porque si algo es este libro es suave como el pelo de un animal manso, es silvestre como el boj. Me encantan como se van entrelazando las anotaciones familiares con las de la vida de Yordanka, pero, ¿estamos aquí ante un libro de autoficción? Se ve y se siente todo tan real, como si pudiera suceder todo esto a cualquiera de nosotros, que no lo sabemos. Hay ternura y bondad en estas palabras, hay una síntesis de la inocencia en la palabra dada. Quiero que Yordanka me siga contando historias, pero sobre todo, quiero leer su poesía, que debe ser tan tenue como la luz de un ocaso o del alba, envolvente, suntuosa.