¿Qué nos es propio a las mujeres? ¿La nada? Según el maestro Eckhart la nada es propia al hombre (y a la mujer), es el origen y allí debemos retornar para alcanzar la plenitud de la unión con la divinidad. Lo propio, según los ejemplos literarios que pone Gornick, es la aniquilación, tanto del hombre como de la mujer, pues esa renuncia espiritual que es la vida moderna no puede llevar sino a eso. Con espiritual Gornick no se refiere a una dimensión religiosa necesariamente, sino a un estado interior de profunda comulgación con la noción de ser. Es la desconexión de lo esencial lo que es entendido como la nada por Gornick, esa nada tan representada en las obras literarias estadounidenses mediados del Siglo XX. Y entonces viene el mito primitivo de la alienación de la mujer como criatura mágica, como no-persona, lo que permite, según Gornick, apartarla de todo rasgo de humanidad y así dar cabida a una misoginia justificada en ese mito. Mito que escritores como Henry Miller, Norman Mailer, Phillip Roth y Saul Bellow reproducen en sus obras, como una inmadurez, como una forma de evadir el crecimiento, la adultez. Específicamente un mero infantilismo. Cosa que Gornick cree que pasa solo con los escritores estadounidenses de esa generación y no con por ejemplo los franceses que, para la autora, reproducen la multidimensionalidad de su visión de hombres y mujeres.
Ahora, lo más interesante de los planteamientos de la autora, perteneciente a la segunda ola del feminismo, es aquello que ha rondado mi cabeza y la de varias mujeres: la visión del mundo, especialmente desde la literatura, basada en la perspectiva y en la voz masculina. Eso es lo que desarrolla Gornick en los dos últimos ensayos de este libro, en los que habla de que hemos entendido la vida desde la sensibilidad masculina a través de la literatura y que las mujeres construidas literariamente a través de ello no tienen nada que ver con la sensibilidad femenina. Algo que ya Virginia Wolf problematizó, incluso señalando a Charlotte Bronte como reproductora de ese falseamiento masculino de la visión femenina y poniendo en ese sentido a Jane Austen como su opuesto: con una autenticidad mayor respecto a lo femenino. Mismo ejercicio hace Gornick con autoras de ese tiempo (fines de los setentas) como Didion, que sería copista de la técnica masculina y Paula Fox, que entraría en lo más cercano a una perspectiva femenina real
Aquí cabe la inquietud de si en verdad las mujeres, luego de siglos de absorber la sensibilidad y perspectiva masculinas a través del arte, la cultura y la literatura, podemos “descontaminarnos” y hallar una verdadera sensibilidad femenina al momento de escribir, o estamos condenadas a “escribir como hombres” (lo cual era un halago para algunas escritoras como Didion, lo cual resulta penoso para Gornick). La autora creía que era una asignatura pendiente y que aquello se desarrollaría cuando el feminismo se expandiera y las mujeres se acercaran cada vez más a su propia experiencia, entonces, cree que se dará “la liberación del yo experimentador”. Esto dadas las observaciones de Gornick acerca de la literatura escrita por mujeres en EEUU, sobre todo, “lo que siempre ha marcado la ficción femenina es una claudicación ante el miedo en vez de una descripción de la lucha para superarlo”. Es decir, la mayor parte de la literatura femenina hasta fines de los años sesenta cedía a la docilidad al hacer de la necesidad una virtud.
Ahora, han pasado décadas y mucha agua bajo el puente de feminismo y literatura escrita por mujeres. Creo que en cierto sentido Gornick tenía razón y ya hay una voz que ha roto la cobardía emocional femenina pero que a la vez se ha estancado empoderándose sobre ese miedo, que se ha transformado en horror cotidiano (no en vano ya es un género literario enarbolado por mujeres), y aunque ha establecido un patrón literario desde la sensibilidad femenina, creo que no ha vencido el miedo sino que se ha enviciado con él. Le ha sacado partido, pero, en su gran mayoría (respecto a las autoras más leídas o celebres de la actualidad, al menos en lengua hispana) no ha superado ese espacio. Y creo que más allá de las razones sociológicas o literarias, está aquello que expresé en párrafos anteriores. ¿En verdad es posible fundar una literatura que retrate exclusivamente la visión y perspectiva femenina pura, sin influencia del ethos masculino que ha sido el universalizado?
Es decir, sí, por un lado, sí, está más que superada la visión falsa mitológica de la mujer maga, bruja, santa o demente (el eterno femenino) que permitía convertirla en “el otro” y así subyugar su imagen al ensimismamiento masculino (que observa Gornick en Miller, Mailer y Roth) al sacarla fuera de este mundo y convertirla literariamente en una pantalla de proyección masculina. Pero por otro, y siguiendo al maestro Eckhart, cuyo libro compilatorio “El fruto de la nada” estoy leyendo actualmente, en realidad la aniquilación del yo (al que conduce la narrativa nihilista del siglo XX) es en función del retorno a la totalidad y no hacia la muerte como el fin en sí mismo. Si lo vemos desde ahí, la inmanencia de las mujeres y la trascendencia de los hombres (según el pensamiento de Simone de Beauvoir) conducen de todos modos al mismo lugar. Ahora, es cierto que en el ejercicio de liberar el espíritu, en la forma en la que lo entiende Gornick, las mujeres hemos emulado a la posición y por lo tanto a la visión del hombre frente al mundo, y aún se nos sigue haciendo difícil conciliar lo real femenino (que parecería que ya no sabemos qué es) con el ritmo de vida actual, incluido lo biológico y lo social (roles). Creo que a la vez que se puso a la mujer en una posición injusta y desnivelada durante siglos (milenios en realidad), a la vez el retomar o tomar un espacio que ese espíritu femenino clamaba desde su interior ha sido un entrar de lleno en la perspectiva masculina del mundo y desde allí reconstruir lo femenino, pero partiendo de una construcción masculina. Incluida la literatura y sobre todo en la literatura. Es complejo desentrañar este entuerto, que llega a ser, creo yo, el mayor desafío de nuestros tiempos, aunque seamos poco conscientes de ello en el día a día. Queda para reflexionar.