Desde el primer capítulo, con Luna corriendo descalza por la playa de Málaga buscando a su hermano, te atrapa esa mezcla de misterio y emoción que no suelta en ningún momento.
La historia sigue a Iván y Luna, dos hermanos marcados desde la infancia por la desaparición de Clara, una niña cuyo nombre vuelve a resonar como un eco imposible. Y a partir de ahí, todo se convierte en un juego de recuerdos que regresan, melodías que nadie debería recordar y símbolos que atraviesan generaciones.
Lo que más me impresionó es cómo la novela consigue que los lugares (la costa luminosa de Málaga y la niebla inquietante de Galicia y Asturias) se conviertan en personajes. Esa dualidad entre sur y norte no es solo geográfica, es también emocional: entre lo que quieres olvidar y lo que se empeña en regresar. Y sí, la “morriña” está ahí en cada página, esa palabra que no es nostalgia cualquiera, sino un tirón en la sangre, un peso en el alma.
La narración es ágil, con capítulos cortos que te hacen decir “uno más” y de repente te sorprendes devorando la mitad del libro en una sentada. No hay relleno: cada detalle importa, cada voz grabada, cada testimonio cruzado, cada símbolo repetido. Y lo mejor: nunca sientes que te lo den todo hecho. El autor juega contigo, te invita a interpretar, a sospechar, a leer entre líneas.
Además, está el tono poético de muchas escenas. Esa forma de describir olores, canciones, sombras, que convierte la lectura en algo sensorial. Es imposible no emocionarse, no sentir esa punzada de infancia, de veranos perdidos, de secretos familiares que nunca terminan de cicatrizar.
“Morriña” es un libro que recomendaría tanto a quienes buscan un thriller absorbente como a quienes disfrutan de novelas que dejan poso. Porque aquí hay misterio, sí, pero también memoria, heridas y un ambiente que se pega a la piel.
Si te gustan las historias que te mantienen en tensión pero también te tocan el corazón, este libro es para ti.