3/5. Me parece una puntuación adecuada y justa para una compilación póstuma. Hay de todo y para todos los gustos, organizados en dos partes: narrativa y ensayo.
La nota editorial al final del libro aclara muchas cosas de la parte narrativa, pero aún así no evita que sea la más floja del volumen. La carnecita está en los denominados "ensayos", y en especial, en el orden cronológico en el que están presentados, pues grosso modo nos ofrece una buena panorámica de la evolución del estilo de Sebald, desde una crítica académica y sesgada hacia la metafísica, muy comprometida aún con desentrañar los significados de la ficción ajena y enlazarlos con alguna ocurrencia histórica (el texto sobre una pieza de Peter Handke, por ejemplo, o la exploración somera de la literatura alemana de posguerra, de Grass a Kluge) hasta una estilo ya propiamente «sebaldiano», esto es, enfocado en la descripción y en la vinculación de detalles del paisaje y la naturaleza (objetos, materiales) con detalles del pasado y de los libros (historias, lenguajes) para sugerir una atmósfera que torne visible, y completamente real y presente, durante y después de la lectura, el peso del tiempo y la herida de lo fugaz.
El editor del volumen, Sven Meyer, recuerda en la nota final que alguna vez, en una entrevista, Sebald dijo: «Mi medio es la prosa, no la novela».
Exactamente esa aclaración es la que podemos corroborar en este conjunto de textos, pues si bien la parte narrativa explora, bajo la perspectiva de un narrador en primera persona, los azarosos vínculos, tácitos, invisibles, o inesperados, entre materia y lenguaje, paisaje y cultura, historia natural e historia, nunca ofrece elementos inequívocos, técnicos, temáticos o estéticos, que prueben o sugieran su raíz ficticia.
Ambos, tanto los relatos como los denominados "ensayos", están urdidos con la misma aspiración de construir una prosa exhuberante y a la vez fluida que párrafo a párrafo desplace, hasta la irrelevancia, la tensión entre verdad y ficción.
Todos los elementos del entorno y del tema, todos los rasgos, los detalles, las anécdotas, los datos, e incluso los subtemas que estos evocan, son fagocitados por la pluma de Sebald y convertidos en piezas armónicas y coloridas de un rompecabezas milimétricamente construido.
Tanto igual que un coleccionista de mariposas, Sebald caza los residuos que el pasado ha dejado fuera y dentro de él y los fija en palabras y frases que, ya inmóviles para siempre en la tinta impresa, aún puedan evocar el color, la energía y el movimiento de lo que refieren.
De modo que el eje sobre el cual se desarrollan estos textos nunca está definido por la necesidad de maniobrar en función de lo verosímil (y su estrategia retórica, la persuasión) o en virtud de lo concluyente (y sus formas sutiles, la parábola, la metáfora, la rigurosidad).
Sebald no pretende dejar un mensaje o componer una alegoría de algo. Sus relatos, al igual que sus ensayos, no persiguen la definición, el punto final, la proclama. Buscan y se hunden sólo en la aproximación, en lo más o menos claro, en lo aún borroso, en las pocas formas que permite ver la niebla.
Aun cuando se trata de un discurso o de la reseña de un libro recientemente aparecido, Sebald no deja de insistir en la imposibilidad de zanjar un tema.
Y quizá por eso nunca lo expresa en esos términos, pues decirlo así, escribir que la conclusión es imposible, es ya de por sí concluir algo.
Sebald expresa esa insistencia de otro modo. En el tono, no en la palabra.
Por eso, además de la obvia separación visual, sabemos que hemos terminado la parte narrativa o que hemos empezado los "ensayos", cuando el tono ha virado, apenas perceptible, de una melancolía que iba engordando conforme el narrador se movía y descubría más cosas, a una nostalgia que se condensa más conforme el investigador encuentra y conecta más datos.
Lamentablemente, la incorporación, por parte de los editores, de algunos textos intrascendentes o inoportunos, disminuye un poco el efecto final.
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De todos los textos, me llevo para siempre dos de los denominados "ensayos": «Texturas oníricas», un texto dedicado con mucho orgullo a Nabokov, y «El misterio de la piel caoba: aproximación a Bruce Chatwin», una semblanza llena de admiración sobre la vida y obra del escritor/viajero Bruce Chatwin.
Hay otro texto que no me pareció tan bueno, pero que dejó un efecto en mí y que pienso revisar otra vez en algún momento, por todo lo que allí se dice: «El remordimiento del corazón: sobre memoria y crueldad en la obra de Peter Weiss»
Por último, de los pocos epígrafes que Sebald incluye, me quedo con este de un poemario de Jean Améry:
«Crujir y crepitar y silbar. ¿Qué decían?
Cuidado, o arderás en llamas. En, llamas.
Que arda mi desgracia y se extinga en el fuego»
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Léanla con una lata de Heineken 🍺 y esuchando una y otra vez «The more you live, the more you love» de la banda inglesa A flock of seagulls 🎶
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