Testimonio, con trazos de ensueño poético, de una realidad exacerbada e imposible de comprender. Entendimiento que se nos niega doblemente: por la impotencia (que sentimos ante la inmensidad abstracta de toda guerra y lo inalcanzable de la acción individual para darle fin) y la podredumbre humana que encierran las guerras (no de los cuerpos explícitos sin vida y , paradójicamente, parafraseando a Genet, cuerpos ausentes en huida, aunque ahí estén): podredumbre que se expresa en los intereses, siempre cuestionables y difícilmente justificables, que ocultan a simple vista casi la totalidad de los conflictos bélicos. Y a causa de lo que describe con maestría el autor, sobre el hecho de que "una fotografía tiene dos dimensiones" y "la pantalla de un televisor también, ni la una ni la otra pueden recorrerse" y, también (y acá lo más esclarecedor, lo más rompedor de la naturalización y falsa creencia de que a través de una imagen/video - "una imagen vale más que mil palabras" - estamos ante la presencia objetiva de una realidad), que "las fotografías no captan las moscas ni el olor blanco y espeso de la muerte. Tampoco dicen los saltos que hay que dar cuando se va de un cadáver a otro." .
A través de estas últimas citas, Genet nos introduce en lo que será una crónica inmersiva y devastadora. Con la selección perfecta de palabras y recursos, el autor condensa, con una sensibilidad holística, todo el panorama histórico que deviene en ese presente del texto, de la perversión humana, que vemos/leemos a través de él. Nos habla de la "visión invisible" que evocan los cuerpos torturados, de quien estuvo detrás de tales actos ("cómo era el torturador?"). Nos describe cuerpos mutilados. Pero no recae en la facilidad de la pura descripción del horror, en el sensacionalismo de bolsillo, porque no es lo que pretende para este texto-denuncia.
Traigo una gran cita (desde la doble acepción: extensión y hermosura poética) que da cuenta del tono general del escrito, del juego que va de la descripción del horror consumado con la belleza de los ideales revolucionarios previos, de ese entonces, palestinos: "Esta página debía tratar sobre todo de esto: una revolución lo es cuando ha hecho caer de los rostros y los cuerpos la piel muerta que los reblandecía. No hablo de una belleza académica, sino de la impalpable —inefable— alegría de los cuerpos, de las caras, de los gritos, de las palabras que dejan de ser mortecinas, quiero decir una alegría sensual y tan fuerte que quiere desterrar todo erotismo.". Es increíble el uso de una terminología tan, a priori, distante del sentido común que hace a una crónica bélica: "belleza impalpable", "alegría sensual"; a la que se le suma en otro fragmento no citado: "miseria orgullosa... por la gloria escondida", y también algunas pinceladas de feminismo naciente de las mujeres palestinas que rompían con sus tradiciones reificantes. Es que en este texto hay poco y nada de periodismo, sino un testimonio único (Genet era, literalmente, el único representante de occidente en ese campamento devastado: se calculan como mínimo 2000 muertes de niños, mujeres y ancianos) de un ser comprometido con una causa noble que terminó en tragedia, porque EE.UU./Israel así lo quiso.
Como dice Juan Goytisolo en el breve y esclarecedor ensayo que acompaña la edición, en Genet no hay impostura alguna, porque, de ser ese el caso, habría sido etiquetado en vida como "inmortal" (como tanto gurú de moda) y luego olvidado después de muerto. Y no es así, "su vida y su obra se confunden en una aventura cuya radicalidad ética y literaria brilla sin consumirse". Nuestro homenaje: seguir leyendo a Genet y, ahora, recomendarlo.