Fatamorgana de amor con banda de música es la tercera novela de Hernán Rivera Letelier. Publicada cuatro años después de La reina Isabel cantaba rancheras, su novela debut y la que lo catapultó a la fama. El título de la obra ya nos dice algo sobre lo que encontraremos; no en vano, una fatamorgana alude a un espejismo.
En esta novela, la típica narrativa de Rivera Letelier se presenta con un vocabulario particular, de nicho, si se pudiera llamar de esta forma a un sociolecto que ha decaído en el uso, pero ha sobrevivido en el imaginario de la gente del norte de Chile.
La historia está ambientada en 1929, en el pueblo llamado Pampa Unión. El mismo cuyas ruinas veía yo en mi niñez a un costado de la carretera Antofagasta - Calama con las paredes de adobe erguidas a medias y en las que aún se podía leer grandes anuncios desteñidos por el sol y el tiempo.
Con una prosa efectiva y que alcanza alturas insospechadas, el autor nos relata los vaivenes de un grupo de pampinos, sus amores y desgracias, con especial acento en la pareja formada por Golondrina del Rosario y Bello Sandalio. Ella, una joven de aspecto virginal, inalcanzable, con fama de santa, un paradigma de virtudes en medio de un ambiente hostil, áspero y degradante; y él, un trompetista pelirrojo que si bien comparte la vida ruda y elemental de sus compañeros de andanzas, no califica como un hombre prosaico e inculto, sino que, por el contrario, se lo muestra como un hombre capaz de reflexionar sobre la música, que conoce a los compositores clásicos, que alberga sentimientos que lo sorprenden, pero que no rechaza; entregado a la concupiscencia y los placeres carnales, pero que observa con asombro cómo todo su buen juicio claudica ante aquella mujer que se entrega a él con un ímpetu y un ardor que no parecen propios de la imagen que los demás tienen de ella.
Sentía que esta mujer le estaba dando de comer azúcar de su mano, lo estaba ensillando y él ni siquiera resoplaba. (Cap. 15)
Me sorprendió gratamente la manera en que Rivera Letelier hace uso de todos los recursos posibles para mostrarnos el alma de la protagonista. Una joven virtuosa y espiritual que, sin embargo, es capaz de expresar los sentimientos más terrenales con una intensidad totalmente creíble. No siempre los autores logran traspasar al lector la complejidad y profundidad de la psicología de los personajes y, si bien, el lector será siempre el que interprete lo que el autor quiera decir, y con eso digo que hay miles de interpretaciones para las mismas palabras, al menos, hay que conceder que la descripción y los diálogos hacen plena justicia a la Srta. Golondrina en mostrarla como un ser humano con todas las contradicciones que tenemos los seres humanos.
No obstante lo anterior, creo que en esta novela, el autor se desprende en gran medida (aunque no completamente) del rebuscamiento léxico de La reina Isabel. Lo que en aquella me resultó excesivo, en esta me parece mejor logrado permitiendo una prosa más ágil y fluida. Aun así, hay comparaciones y términos e incluso figuras retóricas que me parecieron especialmente inspirados:
una morena de tetamenta descomunal Cap. 9
Desde entonces voy por la vida amando a mi trompeta y haciendo sonar a las mujeres Cap. 15
al son implacable del bom, bom, bom-bom-bom de su bombo retumbante Cap. 17
(¿cómo podría uno leer este “bom, bom, bom-bom-bom” sin que resalte en nuestra mente el rítmico golpeteo del tambor de una banda?)
A mí me pasa que he ido leyendo a Rivera Letelier en un desorden cronológico, y eso me impide tener una visión correcta de la evolución de su obra. En esta novela, siento que el autor desplegó lo mejor de su narrativa y considero que alcanza un nivel superior al de La reina Isabel.
¿Que tiene reminiscencias de Macondo? Sí, indudablemente. La pregunta que me hago yo: ¿no será que todo Latinoamérica tiene un Macondo escondido en algún lugar?
En resumen, Fatamorgana de amor con banda de música me pareció una novela que conserva muchos de los elementos narrativos de La reina Isabel, el lenguaje florido, a ratos un poco rebuscado que, sin embargo, pone de manifiesto que el autor escribe de lo que sabe; ni hablar de los personajes y el desierto, temas recurrentes en la narrativa del autor, antes y después de esta novela. Siempre me ha parecido razonable que la valoración que el lector hace de Rivera Letelier sea distinta si este es del norte de Chile o de cualquier otro lugar. Esto, porque lo que el autor nos cuenta es algo que ha sido parte del mundo del nortino y los lectores que no son de este terruño no logran comprender a cabalidad.
Me parece que es un libro que vale la pena leer.
Observaciones:
la había conocido en el pueblo de Canela Alta, al interior de Ovalle Cap. 1
Canela alta queda a 150 kilómetros al sur de Ovalle, cerca del límite con la quinta región. Además, en ese punto Chile tiene apenas 90 kilómetros entre océano y frontera por lo que mal podría estar al interior de cualquier ciudad.
Curiosidad:
Uno de los personajes del pueblo es un niño llamado Yemo Pon (Yemo se les dice a los Guillermo). Bueno, resulta que en 1921 nació un Guillermo Pon en Pampa Unión que a la fecha de los eventos tenía 8-9 años, hijo de Roberto Pon Jo que se trasladó de China a la pampa con varios de sus hermanos. En el epílogo, Rivera Letelier nos cuenta que en Antofagasta él entrevistó a varios ex residentes de Pampa Unión. No sería muy descabellado pensar que el autor lo conoció y basó ese personaje en él. Guillermo Pon era mi primo (por una rama poco conocida).