Una lectura perfecta para todo aquel que ande rondando o desprecie el budismo. También, quizá, para los militantes, es decir, para aquellos que han naturalizado ese estilo de vida. Sebastián es como un doble agente (de la realidad cotidiana occidental y de este otro submundo oriental), un infiltrado que nunca se deja convencer del todo. Y se agradece, porque así pasamos a través de toda la parafernalia budista y nos quedamos con lo esencial de sus prácticas. Siempre es entretenido ver tras el telón y eso es lo que hay aquí: puro despilfarro de sinceridad: no la paz inalterable del mar visto de lejos sino los remolinos y los peces comiéndose unos a otros bajo la superficie. O dicho en términos concretos: las dudas morales y doctrinales acerca de cuán pernicioso para la práctica budista es culear con las compañeras espirituales; cuánto y cómo debe tomarse en serio todo; qué tipo de relaciones sociales produce el budismo cuando no se está apartado del mundo como los monjes, etc. Quizá no sea tan exagerado decir que La broma de Kundera es al comunismo como Un año en el budismo tibetano es al budismo chilensis.