Me alegra decir que me ha gustado mucho! Mis expectativas eran muy altas, porque aunque yo no acostumbre a leer ficción histórica, después de la lectura de Tinta y Ceniza, que me pareció magnífico, no dudé en sumergirme en esta nueva novela de Andrea para volver a disfrutar de su narración en este género. Además, el contexto de la posguerra tras la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial en Hungría me resulta interesantísimo.
Tengo que admitir que a lo largo de la primera mitad de la novela la lectura se me hizo un poco tediosa. No veía una dirección clara de la trama u objetivos de los personajes que me impulsaran a seguir leyendo. Además, la trama de Hungría, que era probablemente sobre lo que más me apetecía leer antes de comenzar la novela, toma un segundo plano clarísimo a favor de la trama en España. No conecté nada con el personaje de Imre, un privilegiado a pesar de su sangre a quien parecía no importarle casi nada más allá de Ana y la esgrima. Esto, acompañado de la falta de profundidad de su parte de la histora hasta bien avanzada la novela, por desgracia me dejó bastante fría. Sin embargo, la segunda mitad de la novela me pareció espléndida. Aunque la trama sigue sin tener dirección clara, tampoco creo que la necesitase, ya en ese momento. ¿Cual es el objetivo de las personas que viven una derrota y un rechazo tan totales? Sobrevivir, vivir, luchar. Lleva tiempo, es verdad, pero para mi es un logro que la novela consiga que te importe lo que les pasa a estos personajes sin que sus vidas tengan un fin, porque se lo han quitado. Para mi, llega un punto en que la novela despega y se vuelve atrapante, e incluso la trama húngara retoma importancia e interés con el retrato del Frente del Este.
Por su parte, Ana y Jorge brillan. Son ellos los que me animaron a seguir leyendo durante las partes que más lentas se me hicieron, y también son gran parte del motivo por el cual la segunda parte me pareció tan fantástica y me tuvo sin poder soltar las páginas. Dos personajes que parecen de carne y hueso, derrotados y humillados una y otra vez, despojados de sus sueños y su dignidad, y que se mantienen en pie juntos. En general, todos los personajes de la trama de España me parecieron convincentes y bien construidos, con algo que aportar o que decir, pero ninguno llega a ser tan cautivador como ellos dos. Gracias a que ellos me importan, su historia me importa.
Lo último que me parece reseñable es la prosa. Si bien hay instantes en los que destaca, y si bien creo que el tono y la fluidez son bastante acertados, hay momentos en los que se hace muy repetitiva y, para mí, entorpece la narración. Ya no solo dentro de la novela, que insiste una y otra vez, y casi palabra por palabra, en como se sienten los protagonistas sobre su situación, la del país, o sobre personas y lugares; es que hay metáforas que se repiten incluso desde Tinta y Ceniza. Las imágenes de heridas, heridas tiernas, de Santo Tomás metiendo el dedo en la herida y similares, son muy efectivas una vez, incluso dos o tres, pero llegó un punto en el que deseaba una mayor variedad de símiles y descripciones para describir las situaciones de la novela.
El final simbólicamente me parece perfecto y cierra el círculo que empieza justo al principio del libro de una manera que, por mucho que me duela, es muy satisfactorio para la historia. Las Vidas Robadas abre una ventana a una época muy oscura desde un filtro muy humano, y a pesar de mis críticas, me parece una novela muy lograda y de la que se me va a quedar un muy buen recuerdo. Y en la que voy a pensar durante mucho tiempo, creo yo, que al final es lo que espero que consiga siempre una novela así.