Doce hombres sin piedad (1954), del guionista norteamericano Reginald Rose (1920-2002), es una breve obra de teatro, que parece sencilla, pero puede que contenga una rica complejidad temática humana y social, que, por lo tanto, motive la reflexión y el diálogo más allá de su lectura.Y eso es lo que, de algún modo, influyó en mi apreciación.
Estructura en tres actos, con una buena evolución argumental, un lenguaje coloquial, simple y claro, e interesantes diálogos y frases; creo que la obra puede resultar dinámica, entretenida e interesante por varias razones y, tal vez, útil en diferentes aspectos, superando el asunto, el tiempo y el lugar.
La acción transcurre en una tarde calurosa de verano de 1957, en una corte de la ciudad de Nueva York y se inicia cuando un juez advierte a los doce jurados sobre su importante labor...
"Caballeros: Acaban de oír un caso largo y complejo de asesinato en primer grado. Han escuchado a los testigos. Les han leído las leyes y la forma de interpretarla para estos casos.
A ustedes les corresponde ahora enjuiciar los hechos con absoluta imparcialidad. Un hombre ha muerto; la vida de otro está en juego. Si en ustedes existe el menor asomo de duda sobre la culpabilidad del acusado, es decir, una duda razonable, deben emitir veredicto de inocente.
Si, por el contrario, sus dudas no son razonables, entonces deben votar por la culpabilidad del acusado. Sea cual fuere su decisión, el veredicto debe ser unánime. En el supuesto que declarasen culpable al acusado, no podremos atender ninguna apelación de clemencia. La pena de muerte es obligada en este caso. Están frente a una gran responsabilidad."
El asunto parece rápido y concreto para la mayoría, claramente, creen culpable al joven acusado de haber asesinado a su padre, pretenden votar y seguir con sus vidas. Pero uno de ellos se permite dudar y abrir así el debate, analizar los hechos, despejar prejuicios e intereses personales, apuntar a la reflexión y brindarle un tiempo al valor de la vida en cuestión, que no es un juego, y está en sus manos.
Mediante el transcurso de la pieza, se van detallando cuestiones asociadas a la víctima, al acusado, a los testigos, al abogado, a la coartada, a las pruebas...que ponen en situación el caso. Además, se van descubriendo las distintas ideas, sentimientos, intereses, motivaciones y características de las diferentes personalidades que conforman el jurado. Finalmente, más allá de la culpabilidad o inocencia, ¿el grupo logrará la unanimidad necesaria para tener un veredicto o deberá ser catalogado como un jurado inepto?
Mas supongo que su riqueza sobrepasa lo argumental.Temas como la justicia, el juicio por jurados, las posibilidades humanas de equivocarse, la labor de los abogados, los prejuicios, las características socioeconómicas de los acusados, la duda razonable o la presunción de inocencia, la pena de muerte, el peligro de los juicios precipitados y demás cuestiones que pueden influir en un proceso judicial, aparecen en el texto. Así como la dificultad para desprenderse de los prejuicios para buscar una verdad, la influencia de los intereses y experiencias personales, las presiones sociales, la ignorancia e indiferencia hacia los otros, la proyección, la empatía, el considerar al otro o ponerse un momento en su lugar. También, el valor del tiempo, del ser humano, del diálogo y de la valentía o la lucha por lo que uno cree correcto o importante o justo, aunque se diferencie del resto, y la aceptación de la responsabilidad y las consecuencias de nuestros actos, son tenidos en cuenta. Es decir, cuestiones sociales y humanas, que aún cuando parezcan ajenas, nos involucran a todos.
Entonces, de algún modo, puede ser de interés sociológico, filosófico, jurídico, educativo y personal. Supongo que es probable que el lector se sienta interpelado o invitado a razonar o pensar sobre el valor del individuo, la sociedad y los sistemas. Tal vez, a pensar qué haría y a tomar conciencia.
Al margen de la situación judicial puntual mencionada que plantea la obra y de la actitud crítica al sistema. Me parece valiosa la idea esencial de pausar, más aún en la vida agitada, egoísta o consumista. El valor de detenerse a reflexionar, a dudar, a dialogar, a discutir con respeto. De tomarse un rato ante lo que otros dicen o lo que se publica o lo que a simple vista parece o creemos, o lo que se dice de algo o de alguien, tanto para ver lo que eso puede reflejar de otros como de nosotros mismos, e intentar tener una actitud de observación crítica y responsable antes de reproducir. En fin, de intentar ser mejores individual y colectivamente o, al menos, ser conscientes de que podemos equivocarnos, o ser influenciados e influir en otros.
Entiendo que a algunas personas pueda no atraerles leer este género (aunque creo que es buena vía para la intención) o no les interese la temática. O que puedan cuestionar algunos detalles de la trama o literarios, como en todo. Pero es en ese espacio y mensaje de esperanza y de apertura al diálogo, a la duda y a involucrarse conscientemente en el valor de las consecuencias de nuestras acciones, donde, al menos yo, encontré la inclinación final de esta valoración.