En diciembre leí un libro de Julio Verne que, pensaba, sería idóneo para las épocas navideñas al invocar a mi niño interior: Un capitán de quince años.
La novela fue publicada en 1878 y en ella Verne demuestra, como parte de ese grupo de escritores franceses del siglo XIX (Victor Hugo, Émile Zola, Honoré de Balzac y Alexandre Dumas padre), su conciencia social y su determinación para denunciar las injusticias de su época.
Porque Verne es un maestro para entrelazar esas historias refugio, pedidas por nuestro Yo adolescente ante la vorágine del aquí y del ahora que enfrentamos como adultos, con ese pasado que nos advierte de nuestra capacidad (buena y mala) como seres humanos.
Verne da lecciones sobre la amistad, la lealtad, el precio de las traiciones; destaca el papel que le da en Un capitán de quince años a un perro –Dingo- al ser un verdadero personaje, capaz de sacrificios y demostrando una fidelidad única.
Pero en sus páginas, el joven adolescente Dick Sand no solo vivirá esa serie de aventuras clásicas en donde el peligro será una constante sino que, poco a poco, a fuerza de golpes del destino, deberá madurar y ser testigo del inhumano tráfico de hombres y mujeres originarios del continente africano.
En Un capitán de quince años, Verne denuncia la cruel trata del pueblo africano y retoma un poco la historia de ese injusto comercio de vidas humanas. Hay escenas despiadadas entre sus páginas, de cómo la barbarie de los opresores provoca agonías a miles de hombres, mujeres y niños, muertos por el cansancio, la enfermedad, el hambre y devorados por las bestias.
Verne, adelantado a su época no sólo por imaginar para sus historias grandes avances tecnológicos, describe con gran naturalidad en Un capitán de quince años lo impensable para la sociedad occidental de finales del siglo XIX: la convivencia sin diferencia alguna, en una amistad consagrada y en naturales tertulias, entre seres humanos sin reparar en el color de la piel.