Este libro me gustó mucho. Los protagonistas se sienten destinados el uno al otro, ese tipo de amor que se reconoce como un “para siempre”. Son personajes imperfectos, reales y, al mismo tiempo, épicos en su forma de amar. La complicidad entre ellos es uno de los grandes aciertos de la historia: la manera en que se apoyan, se entienden y están presentes incluso en el silencio le da una profundidad muy especial a la relación.
Fue emocionante acompañar a Thomas en su proceso de enfrentar sus traumas y permitirse amar, así como ver a Emma aprender a confiar en sí misma y a elegirse primero. Juntos crecen no solo como pareja, sino también como individuos, y ese crecimiento mutuo vuelve su historia más fuerte y significativa.
Sin embargo, no todo funciona igual de bien. La conexión con Mal se sintió poco desarrollada y abrupta; el vínculo que se intenta mostrar no termina de transmitirse con la intensidad necesaria y parece surgir de la nada, dejando una sensación de vacío y de oportunidad perdida. El problema central del libro, para mí, es el exceso de temas. La historia intenta abarcar demasiados elementos y en lugar de profundizarlos, termina mezclándolos de forma confusa, dejando el libro muy pesado y cansativo de leer. Esto le quita fuerza emocional a aspectos que podrían haber sido mucho más potentes si se hubieran trabajado con mayor foco.
Aun así, el núcleo de la historia, que es la relación entre Thomas y Emma, logra sostener el libro. Es una historia de crecimiento, sanación y amor imperfecto, que deja huella pese a sus desajustes.