Una mirada única a los sobrevivientes a los que quedan, que permite una comprensión humana de la realidad colombiana
Los que quedan son los dolientes de las víctimas de las distintas violencias que ocurren en Colombia. Yolanda Ruiz Ceballos encontró los puntos en común de estas vidas, en un recorrido de búsqueda y memoria en el que descubrió que ella misma también es una de los que quedan. Un niño pinta personas sin cabeza, una niña está obsesionada con la venganza, la familia de un ex militante del M-19 revive un duelo, un reportero nota cómo sus cubrimientos en zonas de violencia lo llevan al borde del alcoholismo, un hombre busca desde hace 39 años a su hermano mellizo desaparecido, una mujer abusada, otra que decide matar a sus hijos y suicidarse, muchas más que tejen lazos de apoyo en un gesto de sororidad.
Estas historias, narradas con la maestría del periodismo literario, ofrecen una reflexión sobre cómo el impacto emocional de un hecho violento cambia la vida para siempre y sobre por qué es necesario atender la salud mental de un país cruzado por las violencias, en una tarea urgente si se quiere quebrar el ciclo de muerte.
Este libro es revelador, sensible, impactante y por momentos desolador sobre la violencia que hemos normalizado en Colombia por tantos años.
La autora se acerca a quienes siguen aquí, a esas historias que nos rodean y que muchas veces pasamos por alto. Lo hace con una escritura cercana, que pone el acento en lo humano y abre espacio a un tema que suele quedarse en la sombra: la salud mental de quienes cargan con esas huellas invisibles.
Del estilo de escritura de Yolanda Ruiz no tengo más que palabras de elogio.
Me cuesta ponerle un género: es crónica, memoria, ensayo y relato a la vez. Y en esa mezcla está su fuerza. Recomendado ⭐️
Los que quedan es un libro que duele y acompaña al mismo tiempo. Cada historia pide una pausa, un respiro, porque Yolanda Ruiz no narra el conflicto desde la distancia, sino desde la piel de quienes tuvieron que seguir adelante después de perderlo todo.
Me tocó profundamente la reflexión sobre la memoria: esa idea de que el pasado cambia, de que guarda lo que quiere, transforma lo que pasó y borra mucho más. También esa frase tan poderosa sobre vivir liviano y dejar ir objetos del pasado… hasta que ese pasado regresa y ya no hay con qué responderle.
Llegué a este libro porque quería leer de temas distintos y entender mejor la realidad de mi país. Encontré humanidad, dolor y una honestidad que se siente necesaria. Es un libro fuerte, sí, pero también luminoso a su manera.
No se que decir así que pego mis pensamientos sueltos…
Este libro es igual partes urgente, desgarrador y conmovedor. Dedicado a aquellos personas que han tenido que sobrepasar lo impensable, que continuar viviendo a pesar de todo… por todo lo que les ha pasado. Entender la violencia más allá de la victima y el victimario… como un proceso colectivo en el que llevamos como país por cientos de años y que deja secuelas más amplias de lo que queremos ver.
Reconocer el dolor, la culpa y la tristeza heredada para poder procesarla y continuar una vida sin esa sombra violenta que nos ha definido siempre.
La violencia vuelve la elección en una ilusión. “Elegir” irse, “elegir” pelear, “elegir” un bando… “elegir”. Que viene siendo “libre albedrío” en una guerra?
3.7 El tema de los sobrevivientes de la violencia en Colombia está por escribirse. La aproximación de Yolanda Ruiz es interesante y apunta a uno de los ejes de esa conversación: el reconocimiento de esos seres que quedaron con su vida fragmentada y que muchas veces no son visibles para la sociedad. Tuve la sensación durante la lectura de que ella hubiese querido dedicar más tiempo al desarrollo de cada una de las historias y que la presión por el tiempo de las entregas no le permitió cumplir con su objetivo.
Este libro es verdaderamente conmovedor. La forma de escribir de Yolanda es magistral, y lo logra precisamente porque no intenta ser algo sublime ni rimbombante. Ella nos entrega un texto sencillo y humilde, en el que transparenta tanto el ser periodista como el ser humano. Se muestra imperfecta al revisar su propia reportería de años atrás y, en el proceso, encuentra muchos detalles que no solo nutren más su producto periodístico, sino que también la nutren a ella como persona.