Durante la celebración del Festival Internacional de Música y Danza de Granada, un violinista búlgaro es asesinado misteriosamente en el interior de la capilla del Palacio de Carlos V.
La precisión con que se ha cometido el crimen y la aparente ausencia de un móvil hacen que los inspectores Narváez y Molina persigan a un criminal que se ha vuelto invisible y les hace dudar de su existencia.
Sorprendidos por la relevancia internacional que va adquiriendo el caso y el laberinto sin salida en el que se ven atrapados, la captura del asesino se va convirtiendo en una verdadera obsesión para ellos.
Ambientada en el incomparable marco de la Alhambra y en la ciudad de Granada, el autor nos adentra con gran fuerza narrativa en la vida policial, al tiempo que dirige una profunda mirada hacia el interior de los personajes, aunando pasado y presente, historia y leyendas, realidad y ficción.
Me ha encantado, parece que vas recorriendo las calles con Narváez y Molina. Aparte de ser una divertida novela, retrata muy bien la mentalidad española cuando habla de las cafeterías y las cafeteras italianas (España, este país con mayor número de cafeterías de Europa en relación con sus habitantes y en la que todas las cafeteras se importan de Italia) y la realidad de Granada, una ciudad que vive de estudiantes y turistas y en la que se cierran comercios y solo se abren bares.
Juan Torres nos sumerge en una trama de intriga dentro de un marco privilegiado, el del Palacio de Carlos V. Los personajes principales, los dos investigadores, Molina y Narváez han sido descritos con precisión. Uno cree estar escuchándoles a lo largo de la novela, sintiendo su misma preocupación por la búsqueda del culpable. Es fácil identificar la relación que hay entre ellos, de larga amistad, porque el autor nos describe de forma intensa detalles de una amistad cargada de admiración entre ambos. Los protagonistas del evento donde sucede todo son igualmente interesantes, de caracteres inequívocos. Los entiendes, te identificas con ellos e incluso puedes llegar a aborrecerles en algunas de sus conversaciones. Como en toda buena novela transcurre, de forma transversal, la historia de una pasión, en el caso del inspector Molina, por el arte y la música clásica, en el de Narváez por su trabajo y en el del resto de personajes por aquello que los determinará y llevará a las consecuencias que sufrirán. Juan nos ofrece una prosa tranquila, se detiene en la tarea de ensalzar y presentar al mundo la belleza de Granada, de la Alhambra y sobre todo del Palacio de Carlos V. La lectura de esta novela te obliga a visitar la ciudad, recorrer los recovecos del Palacio, llegar a la capilla y observar, como si de un gran hermano se tratase, los rincones donde tiene lugar la acción y reproducir los avances en la investigación. El autor nos ofrece un final a la altura de las expectativas. Cierra un círculo, finaliza y el lector queda satisfecho con ello, al menos yo así me ha sucedido a mí.